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Thursday 18 Apr 2024 | Actualizado a 13:16 PM

La estética que conlleva sentido

Las catedrales son los lugares más importantes de las muestras de obras de arte sacro

Patricia Vargas

/ 7 de julio de 2023 / 08:06

Durante la Edad Media algunas ciudades de Europa contaban con edificaciones que fueron catalogadas como catedralicias, ya que la Catedral era la construcción más importante de esa época. Ciudades medievales (1140) con una configuración urbana laberíntica, de calles retorcidas y angostas, convertidas en callejones sin salida. Al medio, una diversidad de edificaciones pequeñas y grandes, donde la violencia entre las personas era algo normal —el 54% de los casos se ventilaban en tribunales penales como los de París a causa de crímenes pasionales—.

Una época en la que los espacios de recreo prácticamente no existían en esas ciudades a causa, precisamente, de la violencia desmedida en las calles de París.

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Solo el atrio de la Catedral era el lugar donde se concentraba la población pues era un sitio pensado para escuchar. Y fue justamente ahí que nació el incipiente espacio para todos, el cual comenzó a crecer con distintos significados.

La Catedral fue, por tanto, la mayor y más importante obra rectora de la vida urbana de ese entonces, pues expresaba la fuerza de la fe, que era necesaria en esos momentos para generar una vida tranquila a la ciudadanía. Catedrales cuya edificación atraía a los habitantes por sus cualidades formales y estéticas, además de sus interiores nutridos por el arte bello. Una edificación que lograba apaciguar a la población violenta a través del mejor medio concebido y creado para ello: lo supremo, que también fue inspirador para el arte bello.

Kant afirmaba que lo sublime se establece en relación con la naturaleza la cual, por no ser abarcable en su grandeza, conduce a lo sublime.

No obstante, el percibir e imaginar la fuerza del sentido que conllevaban esas grandes obras de arquitectura y de arte son una muestra de cómo esas impresionantes catedrales inspiraban y transmitían su acercamiento a lo sublime. Todo ello exaltado en sus inmensos espacios que concentraban bellas obras de pintura, escultura y los vitrales, que colaboraban en relatar la historia de la fe.

De esa manera, las catedrales del siglo XVI representaron monumentales obras que permitieron a la población de ese entonces ser atraída por la fuerza de sus cualidades creativas e imaginativas. Obras que incluso en tiempos actuales son capaces de extraer emociones y llevar a preguntarnos: ¿cómo el talento humano pudo crear esas bellas obras?

Esas catedrales, como se señaló, además de estar realzadas por la belleza de sus formas, espacios y dimensiones monumentales, contaban con obras de arte menores, cuya belleza y sentido transmitían sensaciones emotivas que llevaban a los creyentes a contactarse imaginariamente con lo sublime.

Entendida de este modo la historia, se podría aseverar que esas edificaciones han legado a la arquitectura obras singulares en las que el arte bello y expresivo de las pinturas y esculturas —como La Piedad, en Florencia— relatan la historia de la fe. Admirables piezas maestras que elevan la carga del sentido espiritual que contienen.

De ahí que los estudios sobre la belleza y el arte fundan lo reflexivo como una disciplina filosófica y científica de lo bello.

Con esos antecedentes, las catedrales son los lugares más importantes de las muestras de obras de arte sacro, que conllevan una fuerte carga de sentido, las cuales han legado a la humanidad bellas piezas de arquitectura religiosa.

La Paz se empeña hoy en que desaparezcan obras que relatan su pasado, dejándolas en el abandono y deterioro. Sin embargo, es necesario recordar que todas las épocas, han construido la historia de las naciones.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Una ciudad en la arena

Tombuctú es una sombra de su antigua gloria, ya que es modesta y deteriorada para la mayoría de los viajeros

Patricia Vargas

/ 23 de junio de 2023 / 07:52

Nuestros últimos artículos buscan dar a conocer las ciudades destacadas de la historia, no solo por sus valores como bellos centros habitacionales, sino por sus singularidades cualitativas que las diferencian de otras. No todas son conocidas, pero construyeron la historia de las ciudades y hoy son referentes de la humanidad.

Un ejemplo es Tombuctú, que se ubica al extremo del sur del desierto del Sahara y fue conocida como la ciudad del oro, denominación que le dio prestigio en el imaginario de los franceses del siglo XVI como una urbe rica en ese metal. Algo que no era real, pero llevó asentamiento y presencia colonial francesa a esa región.

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Sin embargo, esa situación colaboró a que saliera a la luz su verdadera riqueza de ciudad erudita gracias a la infinidad de manuscritos que conservaba y que fueron enterrados por temor a su destrucción, para luego ser recuperados y entregados a la universidad. De ahí que Tambuctú fue considerada el centro de la sabiduría islámica, pues reunía textos sagrados musulmanes de gran valor académico pertenecientes a El Cairo, Bagdad y Persia.

Lo interesante es que evidentemente tuvo riqueza, pero de las minas de sal de Taoudeni, que en esa época era el recurso más importante de los mercaderes de Tambuctú, quienes la intercambiaban por el oro en polvo. Un canje inteligente para elevar la economía de esa ciudad. Empero, el prestigio de ciudad rica en oro limitó su verdadero valor de ser una ciudad pensada y escrita, y por ello llamada ciudad erudita.

Tombuctú fue la ciudad de mil años de erudición y conserva hasta hoy sus manuscritos en la biblioteca de Al-Wangari, aunque muchos desaparecieron. Aun así, se guardan unas 400 bibliotecas familiares privadas en Mali, que adquirió esos escritos para que no sean destruidos; y otros tantos fueron encontrados en Andalucía y al norte de África.

Otra característica singular es que Tombuctú también fue llamada la ciudad de arena debido a que construyó infraestructuras con arena y piedra. Un sistema que se fue transmitiendo durante generaciones y hoy es parte del patrimonio inmaterial de la humanidad. Pese a ello, en los últimos años, 16 mausoleos que contenían tumbas fueron destruidos y se saquearon algunos de sus museos para prohibir las prácticas culturales. Un asalto brutal que limitó su reconocimiento oficial como Patrimonio de la Humanidad en 1988.

Definitivamente, Tombuctú fue un centro de sabiduría islámica a lo largo de varios imperios africanos. Albergó una universidad de 25.000 estudiantes que sirvió para expandir el islam por África entre los siglos XIII y XVI. Los textos sagrados musulmanes fueron  llevados a Tombuctú para que los usaran eminentes académicos. De esa manera, las grandes enseñanzas del islam, desde la astronomía, las matemáticas, la medicina hasta el derecho, se recopilaron y reprodujeron en cientos de miles de manuscritos. Quedan muchos de ellos, aunque en condiciones precarias, y forman un registro escrito inestimable de la historia africana.

Hoy, Tombuctú es una sombra de su antigua gloria, ya que es modesta y deteriorada para la mayoría de los viajeros. Sin embargo, aquel oasis del ayer aún se refleja en sus tres grandes mezquitas de barro y madera: Djingareiber, Sankore y Sidi Yahia, recuerdos de su edad de oro. Edificaciones “cuyos llenos y especialmente vacíos urbanos muestran la esencia de saber usar el espacio abierto”.

Lamentablemente, en 2012, Tombuctú ingresó a la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro debido a las amenazas vinculadas al conflicto armado.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Lo que tenemos y no conocíamos

Patricia Vargas

/ 9 de junio de 2023 / 09:19

Las ciudades enfrentan hoy problemas ambientales muy acuciantes especialmente por su desarrollo sin límites. Realidad que es evidente porque están en permanente evolución y su transformación es tan acuciosa que exige recuperar y ampliar la infraestructura destinada a la vida de recreo y esparcimiento de la ciudadanía. Nos referimos a los parques, que poseen cualidades naturales innatas y son de vital importancia para la urbe y el buen vivir humano.

En la actualidad las ciudades planifican con mayor intensidad la creación de áreas verdes destinadas al esparcimiento de sus habitantes, por tanto, a la respiración de la ciudadanía. En otras palabras, pulmones urbanos verdes destinados a mejorar la salud de la población. Esto como solución a la saturación y contaminación ambiental que hoy afecta, en menor o mayor medida, a las ciudades.

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Una situación que requiere el aprovechamiento de lo innato o existente de nuestras áreas verdes, sin omitir la incorporación de lo nuevo a través de la construcción de espacios naturales revalorizados con novedosas concepciones paisajísticas, apoyadas por una infraestructura útil para el descanso y diversión de las personas y sus familias.

En definitiva, la creación de áreas verdes donde lo natural en sus diferentes variantes sea la base del disfrute de la ciudadanía, pero también del embellecimiento de la ciudad.

Algo que en realidad no resulta nuevo, pues habrá que recordar que a inicios del siglo XX quienes gobernaban y administraban esta urbe importaron árboles de Australia no solo para realzarla con pinos y eucaliptos, sino para humanizar la vida del habitante brindándole buenos aires para respirar.

Hace pocos días, al visitar la exestación de trenes, tuvimos la sensación de descubrir lo que tenemos y no conocíamos, esto es un lindo parque en pleno centro de la ciudad. De entrada notamos que su nacimiento tuvo lugar a partir del aprovechamiento de uno de los extremos del bosquecillo de Pura Pura y que hoy se halla cualificado por árboles majestuosos cuya avanzada edad se evidencia en la dimensión de sus troncos. Con esa y otras características, este espacio natural es parte de la historia de nuestra urbe, no solo porque rememora el arribo de árboles a esta ciudad hace más de 100 años, sino porque hoy aquellos forman parte del denominado Parque de las Culturas de La Paz.

Un espacio que demuestra la importancia de habilitar un lugar en el que se puede sentir la conexión mágica entre la cultura y la naturaleza, ya que —al igual que otros parques similares en el mundo— esa sensación es parte del esparcimiento del ser humano.

Asimismo, la historia de la que es parte la exestación de trenes también se refleja hoy en la conservación de ciertas edificaciones del ayer, las cuales fueron reproyectadas con acierto; es el caso del largo depósito de materiales para los trenes que hoy ha sido convertido en un auditorio, cuya visual bien calculada es notoria y la calidad de sus butacas es encomiable. De igual manera, destaca su doble función de auditorio y gimnasio.

Para terminar, debemos señalar que el Parque de las Culturas cuenta con espacios que remarcan diferentes valores escénicos, los cuales parecieran estar combinados con lo cultural. Por tanto, se podría decir que ha logrado seguir un esquema de diseño paisajístico útil, que ha dotado a ese sitio escondido de un verdadero sentido de esparcimiento para la población.

Patricia Vargas es Arquitecta (*)

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Cartago, gran ciudad del pasado

Patricia Vargas

/ 26 de mayo de 2023 / 08:28

Cartago fue una de las ciudades más importantes del mundo antiguo. Estaba ubicada sobre la costa del norte de África, cerca de Túnez, y se caracterizaba por ser una región híbrida de influencia Mediterráneo Oriental. Su historia da cuenta de que se fundó entre los años 825 y 820 a.C. con el nombre de Ciudad Nueva.

Se destacó como una de las ciudades más grandes en esos tiempos, por lo que representó una amenaza para Occidente, pues supo desarrollar hasta transformarse en ciudad Estado.

Al ser una región con cierto carácter monárquico y tirano —como afirman los escritos—, evolucionó en un sistema republicano y llegó a ser tan próspera y rica que sorprendió incluso a los romanos. Un ejemplo de ciudad nueva que motivó a que Roma se propusiera entrar en guerra por esa razón.

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Alcanzó a tener hasta 400.000 habitantes, por lo que supo concebir edificaciones en altura, baños públicos y un sistema de alcantarillado funcional; ruinas que se pueden observar hasta nuestros días.

Su poder radicó en el comercio marítimo, lo que la convirtió en una ciudad pujante gracias a esa actividad estratégica que demostró que fue concebida acorde a sus prácticas comerciales. De este modo, era una ciudad que recibía diariamente infinidad de embarcaciones, lo que la llevó a edificar dos grandes puertos en pleno mar, uno para el comercio y el otro para los barcos.

Un hecho por demás sorprendente para esos tiempos por los desafíos que representaba la construcción de volúmenes circulares sumergidos en el mar, divididos por espacios bien dimensionados para el parqueo de las embarcaciones.

Esta idea de características monumentales no solo fue de valor funcional y constructivo para su época, sino que fue una especie de signo para que Cartago sea definida como una ciudad desarrollada y singular.

Lo interesante en ese parqueadero de grandes dimensiones es descubrir cómo esas columnas laterales de división entre uno y otro parqueo estaban remarcadas por coronamientos de estilo, vale decir, pensadas para delimitar los espacios calculados entre uno y otro parqueo. Un detalle que lleva a pensar en cómo en esos tiempos se podía sostener aquella viga de arriostre circundante de las columnas, las cuales se hallaban sumergidas en el agua.

En definitiva, la propuesta de Cartago destacó en su época no solo por su gran dimensión, sino por su forma circular. Una bella estructura que se asemeja hoy a algunas obras contemporáneas semicirculares con áreas centrales abiertas, concebidas para proyectar grandes espacios urbanos de concentración ciudadana.

También resulta ineludible mencionar que la ciudad de Cartago se fue transformando de una región pequeña a la más rica del Mediterráneo. Un territorio con gran visión de futuro que llevó a los romanos a poner la mirada en él como ejemplo de crecimiento, por tanto, digno de ser imitado, sobre todo por la diversidad de sus valores.

Sin embargo, luego de un apogeo indiscutible, Cartago estaba destinada a desaparecer, como afirmaba Catón el Viejo en el año 150 a.C. Lamentablemente, pese a que en la guerra contra los romanos les demostró supuestamente que sobrepasaba su desarrollo, aquellos vencieron y vieron cumplido —también en el citado año— su deseo de ver destruida a la ciudad fenicia de Cartago.

Como testigo del paso de esta acrópolis por la historia del mundo, hoy queda un sitio arqueológico sorprendente que muestra las ruinas de la antigua ciudad comercial de Cartago, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Una ciudad concebida

Patricia Vargas

/ 12 de mayo de 2023 / 09:00

Cuando se piensa en grandes intervenciones urbanas, como sucede en varias ciudades de Asia, inmediatamente nos imaginamos la infinidad de nuevos conceptos y características que implican los proyectos de ampliación de esas metrópolis. Todo apoyado por principios urbanos contemporáneos centrados en las necesidades del habitante del presente y del futuro.

Propuestas serias que llevan a determinar que fueron concebidas y planificadas respetando, de alguna manera, sus valores propios y originales. De esa manera, esas monumentales intervenciones muestran cómo los nuevos conceptos de planificación se traducen en grandes y atractivas realidades espaciales, útiles también para elevar la calidad de vida de los habitantes.

Sin embargo, también hay ejemplos que denotan que toda pretensión de transformar el sentido que conllevan las ciudades contemporáneas podría convertir la intervención hasta en impositiva, debido a la implementación de ciertos dispositivos creados para mutar la vida urbana existente.

Una realidad que hasta podría coartar la vida de las personas, especialmente de los barrios periféricos de las urbes. Así, la obtención de resultados preocupantes llevaría a que se asienten dos ciudades distintas.

La Paz es una ciudad que necesita importantes intervenciones urbanas que aprovechen sus cualidades para proyectarla al futuro. Esto porque no merece que la muestren solo como un espacio de surgimiento de nuevas áreas urbanas con formas que semejan canales de tránsito peatonal, remarcados por pequeñas áreas de descanso donde se asienta la venta callejera. La idea debiera ser proyectar intervenciones urbanas —ejecutadas por etapas— que sean útiles para redefinir la ciudad del futuro.

Esta por demás señalar que esta urbe debe mirar los nuevos tiempos con proyectos que no busquen convertirla en un territorio con una vida lineal, sino con intervenciones urbanas que estén planificadas para que la sociedad las practique. Vale decir, en las que el habitante exprese su libertad y se apropie de ellas.

Utopía para muchos, pero, incluso así, La Paz no requiere de esquematizaciones tempo-espaciales que la sigan construyendo con pequeñas soluciones de funcionamiento transitorio, que luego se convierten en definitivas y terminan dando la impresión de una ciudad sin dirección y sin mirada futurista.

En esa misma línea, una sentida necesidad son las nuevas propuestas de crecimiento, pues la apropiación cada vez más intensa de los cerros exige la dotación de vías, infraestructura, instalaciones, entre otros. Lo lamentable de este fenómeno, sin embargo, es que se están construyendo pequeños satélites de pobreza.

Pensadores urbanos afirman que construir un lugar no es solo geometría, signos o tramas urbanas, ya que el resultado termina siendo un espacio sin nombre, como es lo que sucede con las ampliaciones que se observan en los cerros.  Lugares de enjambre o —como dirían otros estudiosos— áreas de impunidad. Una deprimente realidad que debiera llevar a preguntarnos: ¿realmente estamos con la mirada puesta en el futuro o solo construimos una ciudad con espacios vectoriales denominados nuevos barrios?

La respuesta más evidente es que las áreas urbanas hoy exigen intervenciones bien concebidas para proyectar nuevos espacios, y esto significa que se apropien de las cualidades de un lugar y aprovechen su entorno, sin olvidar las características de la población que allí radicará. Todo ello para luego ser complementadas con propuestas que no omitan el hecho de ser innovadoras.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Uruk, la primera ciudad

/ 28 de abril de 2023 / 01:45

Uruk ostenta hoy ser la primera ciudad construida en la faz de la Tierra. Nació en el sur de Mesopotamia, en el territorio que hoy es Irak, y su origen también está vinculado al nacimiento de la planificación territorial, la arquitectura monumental y los primeros grabados.

Esos grandes aportes motivan hoy a rescatar e investigar cómo se dio el surgimiento de Uruk y esencialmente desde cuándo el habitante fue el personaje más importante de la vida urbana. Para ello, resulta fundamental recuperar esa epopeya relatada en tablillas de arcilla, las cuales dan cuenta de que allí floreció la escritura a través de signos pictográficos.

Si bien esas tablillas relatan el movimiento de las mercaderías en ese tiempo, también corroboran la existencia de un periodo de formación y desarrollo de una cultura particular (3500 años antes de Cristo).

Lo singular, sin embargo, es descubrir cómo a comienzos del tercer milenio antes de Cristo esa ciudad ya ocupaba 400 hectáreas de territorio y estaba protegida por una muralla de edificaciones de templos y viviendas, sin olvidar otras tantas extensiones de terreno dedicadas a la agricultura.

Ya en la segunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo, Uruk contó con dos distritos: Eanna y Anu o Kullab. El primero, interpretado como un Templo Blanco, fue un recinto de 70 x 66 metros y 13 metros de altura dedicado a la diosa Inanna, enaltecido con obras de arte de esa cultura, que hoy son considerados lugares de carácter público y no sagrado.

Ese tiempo de apogeo se fortaleció gracias a la construcción de ese templo, que marcó además el inicio de los primeros relatos de los procesos comerciales.

Cabe destacar que en Eanna, al ser un espacio que estaba separado o amurallado del resto de la ciudad, igualmente se concentraron edificios superpuestos, interpretados en un primer momento como templos; sin embargo, siguiendo los escritos de E. Heinrich en su obra Die Palaste im Alten Mesopotamia, éstos también fueron espacios dedicados a la actividad de la sociedad. Más específicamente, las edificaciones de forma alargada estaban destinadas a reuniones y deliberaciones de quienes dirigían esa ciudad.

Uruk fue una de las ciudades más conocidas de Mesopotamia, al igual que Babilonia, pero hoy distintos estudios confirman que fue la primera ciudad del planeta. Es más, el sitio donde fue construida representa “el inicio de la historia de las ciudades”, por los elementos antiguos que posee esa región y que dan fe de tal afirmación.

Junto a la descripción del Templo Blanco, que contaba con paredes decoradas con nichos, tampoco se puede omitir al templo de piedra de Uruk, un edificio desconcertante del 3400 a.C. concebido con una nave central y dos pasillos, cuya fachada no deja de sorprender por los conos de piedra que la adornan. Detalles que llevan a pensar en el grado de complejidad que alcanzó esa sociedad.

Todos esos vestigios señalan que la ciudad de Uruk estuvo conformada por templos, sigurats, casas y terrenos dedicados a la agricultura y a la extracción de arcilla, un material por demás utilizado en sus diversas construcciones.

Es evidente que el estudio de las ciudades, en este caso a la primera del planeta, nos lleva a confirmar que “en el ser y la esencia de la ciudad está implicado el destino del habitante”, pero también sigue siendo una motivación muy grande para continuar en la búsqueda de una respuesta a la siguiente interrogante: ¿en qué medida el habitante es lo que demuestra la dimensión de las ciudades?

Patricia Vargas es arquitecta.

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