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La igualdad como agravio

/ 9 de julio de 2023 / 06:30

García Linera reflexiona sobre las cuestiones de la igualdad económica y su vinculación con la polarización social.

DIBUJO LIBRE

¿Porque sociedades donde los ingresos económicos han mejorado en las últimas décadas presentan altos grados de polarización política? Estados Unidos, como la mayor parte de los países de Europa, han visto modestos progresos del ingreso medio de sus habitantes, sin embargo, desde hace una década atrás, atraviesan crecientes grados de crispación política y malestar social. Como lo han mostrado varios economistas (Pikkety 2019 Deaton, 2015), la desigualdad, entendida como la proporción de los ingresos que la mayoría de las personas reciben respecto a lo que unos pocos ricos obtienen, se ha incrementado de manera abrumadora en favor de estos últimos, despertando conciencia de injusticia y frustración colectiva (Sandel, 2020).

Sin embargo, varios estudios sobre polarización en EEUU (Esteban, Ray, 2011), han verificado que en los años 90s del siglo XX, no solo hubo un incremento de la desigualdad, sino que los propios ingresos medios disminuyeron temporalmente, sin que ello hada dado lugar a antagonismos públicos. Pareciera ser que además de la injusticia redistributiva, se necesitara la experiencia de una perdida, de una usurpación, para que se genere un estado de crispación social. Puede ser la sustracción de reconocimientos, de oportunidades o de certidumbres susceptibles de desencadenar oposiciones enguerrilladas.

Los fatídicos acontecimientos políticos del 2019 en Bolivia, son una experiencia paradigmática de esta formación de polarizaciones políticas.

Desde la llegada de Evo Morales al gobierno, entre 2006-2019, cerca de un 30% la población, mayoritariamente indígena, paso de la pobreza a ingresos medios. El salario mínimo se multiplico por 5, el crecimiento económico se estabilizo en torno a un 4,5 % anual y la desigualdad paso de 0,58 a 0, 41 en la escala de Gini (UDAPE, 2019). Sin embargo, desde inicios del gobierno, sectores de clases medias tradicionales, vinculadas a profesiones liberales y la antigua administración pública se ubicaron en una irreductible oposición política al gobierno de Evo y, con el tiempo, asumiendo militantemente un antagonismo cultural a todo lo que el representaba. Pese a que en 14 años, no habían sido objeto de ninguna temida expropiación de bienes, habían mejorado gradualmente sus ingresos salariales y hasta había aumentado su capacidad de consumo y ahorro, el 2019 salieron a las calles; realizaron paros de protestas, quemaron ánforas electorales, apoyaron el nombramiento de una presidenta del Estado sin sesión congresal, legitimaron la masacre cometida por militares y policías en contra de humildes pobladores que defendían al gobierno democrático, y hasta rezaron alrededor de cuarteles militares para que los uniformados instauren una dictadura militar. La explicación de que tenían razones legales para oponerse a la repostulación de Evo, olvida que los alegatos jurídicos adquieren emotividad moral solo cuando condensan la defensa de determinados bienes materiales o inmateriales.

Hace tres años, demostramos que la base material que sustento, y sigue sosteniendo, esta politización desdemocratizadora entre las clases medias tradicionales bolivianas, es la perdida de reconocimientos, de exclusividades, de cargos y contrataciones estatales anteriormente asequibles de manera “naturalizada” por origen social, abolengo y lealtad étnica. Bienes y recursos que ahora están a disposición de muchas más personas, procedentes de orígenes sociales e identidades étnicas diferentes (naciones indígenas). Claro, la llegada de Evo al gobierno y la instauración de un Estado Plurinacional, ha significado un raudo ascenso social económico de sectores indígena populares; ha posibilitado una remoción del origen social de la totalidad de las jerarquías de la burocracia estatal que, encima, debido a las políticas de nacionalización, ahora controla cerca del 35% del PIB nacional. El Estado ha trastocado los títulos de legitimación para optar a un puesto laboral (ministerios, diputaciones, sistema de justicia, embajadas, empresas públicas, etc.) o la adjudicación de obras públicas. Si antes contaba un apellido de origen extranjero, redes de amistad endogámicas, un título de posgrado, el color de piel blanqueda (el capital étnico); ahora cuenta muchísimo más la filiación a un sindicato obrero o campesino; saber hablar aymara o quechua o moverse en las redes de lealtad étnica de las comunidades indígenas.

El ascenso económico de sectores populares e indígenas, con la consiguiente devaluación de la etnicidad criollo-mestiza para acceder a reconocimientos, contrataciones y nombramientos públicos, ha significado un avance extraordinario de la igualdad social. Y es algo que debe continuar. Pero, estos avances de justicia social y democratización económica, también han despertado odios viscerales y resentimientos morales de unas clases medias tradicionales que viven esta ampliación de derechos colectivos como una expropiación imperdonable de su estatus social, de sus privilegios de sangre y color de piel heredados de sus padres y abuelos. Para ellas, la igualdad es un agravio al orden naturalizado de la sociedad.

El ensanchamiento de las clases medias, devalúa las posiciones y el estatus de las antiguas clases medias. La depreciación del capital étnico mestizo-criollo (herencia colonial) que anteriormente garantizaba beneficios públicos y reconocimientos, instaura otros criterios de valor social asentado en las practicas mayoritarias de la población (popular, indígena), y empuja a la decadencia los antiguos parámetros de movilidad social ascendente. Se tratan de hechos inevitables del avance de la justicia y la igualdad. Pero, ineludiblemente, todo ello genera rechazos, tanto más viscerales si los antiguos privilegios de clase media se sustentaban principalmente en el linaje.

Con otras particularidades, un fenómeno parecido se ha dado en Brasil con sus clases medias frente al ascenso social, vía educación y consumo, de sectores populares (Anderson, 2019). Y, en cierta medida, el odio contra los migrantes anidado entre clases laboriosas de países del norte, puede tener las mismas raíces anti-igualitarias.

La “Gran Convergencia”

Esta vinculación entre igualdad económica y polarización social la retoma el economista B. Milanovic para estudiar los efectos de la reducción de la desigualdad en el mundo (Foreing Affairs, 14 /VI/2023). El ex jefe del departamento de investigación del Banco Mundial (B.M.), reconoce que, en las últimas décadas, al interior de cada país ha aumentado la desigualdad; pero, vista a escala global, esta ha disminuido. Para comprobar ello, introduce el concepto de “desigualdad global” para estudiar la disparidad de ingresos entre todos los ciudadanos del mundo. Tomando como cero el momento de igualdad absoluta, en la que todos los habitantes del mundo tienen los mismos ingresos, y 100, cuando una sola persona concentra todos los ingresos, comprueba que la desigualdad planetaria ha disminuido notablemente en las últimas 3 décadas de globalización.

Con una mirada de largo plazo, ve cómo es que desde los años 1820 hasta 1990, la desigualdad mundial ha tenido un crecimiento sostenido, pasando de 50 a 70 puntos. Si antes de la revolución industrial del siglo XIX, el país más rico (Inglaterra) tenía un PIB 5 veces mayor que el más pobre (Nepal), a fines del siglo XX, la diferencia entre el PIB del más rico (EEUU) y el más pobre llego a ser de 100 a 1. Pero desde fines del siglo XX hasta ahora, la desigualdad ha caído de 70 puntos a 60, fundamentalmente por el ascenso económico del país más poblado del planeta: China.

Y lo más relevante del articulo son los efectos de esta asiatización de la riqueza en las jerarquías y consumos globales. Comprueba que las clases medias y populares de las economías occidentales, que durante un siglo ocuparon la posición media alta y alta de los ingresos mundiales, ahora están retrocediendo. Por ejemplo, un ciudadano pobre de Norteamérica que en 1988 ocupaba el percentil 74 de los ingresos mundiales, el 2018 ocupa el percentil 67. De la misma manera, un italiano, de ingresos medios, ha visto caer su posición 20 puntos en el mismo periodo. Y en general se trata de un declive de los sectores medios y pobres de los países occidentales ricos en el rango global. En contraparte, un ciudadano medio chino, que en 1988 ocupaba el percentil 35, ha alcanzado el percentil global 70 en 2018. En general, las clases medias y bajas de “occidente” están siendo gradualmente desplazadas en su jerarquía mundial y en el acceso a bienes globales (eventos culturales, vacaciones, innovaciones tecnológicas, etc.), por una nueva clase media global proveniente de los países asiáticos. Y a medida que ciertos consumos globales ya se están volviendo inaccesibles para estas clases populares y medias occidentales, la sensación de “perdida” se acrecienta, con la consiguiente polarización social.

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Milanovic considera que, por ahora, los más ricos globales, que son un 80% occidentales y japoneses, no han sido afectados de manera sustancial. Sin embargo, es probable que, de mantenerse las tasas de crecimiento de China, y de crecimiento mediocre de EEUU y Europa, en los siguientes 20 años, el porcentaje de ricos globales chinos igualara a la de los norteamericanos; en tanto que las clases populares y medias occidentales perderán aún más rápido sus posiciones jerárquicas en la riqueza global, reflejando el “cambio en el orden económico mundial”. Las variaciones geográficas en el PIB mundial, son por demás elocuentes de este proceso: Entre el año 2010 y 2020, EEUU cayo de una participación del 30%, al 25%. En tanto que China paso del 3,7 % al 17, 3 % (B.M., 2023).

Tenemos entonces, en el caso de Bolivia y del mundo considerado en su conjunto, que experiencias de mejora de ingresos económicos en “clases” medias, pero retroceso en sus jerarquías y antiguos privilegios debido a políticas de igualdad, producen sensaciones de “perdida” y desquiciamiento del orden moral de la sociedad por intrusión de sectores “igualados”. Sobre esta base vendrá luego el crecimiento del antagonismo pasional hacia los “otros” (los migrantes, los indígenas, las mujeres, los “comunistas”, etc.). Es la reacción a la decadencia de su poder y estatus. El miedo al “gran reemplazo” que nubla la razón de no pocos votantes de las sociedades occidentales ricas (EEUU, Europa), quizá no tenga que ver solo con la creencia de que los latinos, los africanos o los musulmanes sustituyan a las poblaciones “blancas”. Sino con el horror y resentimiento que les despierta el saber de su inexorable desplazamiento en los privilegios globales que los “occidentales” disfrutaron durante los últimos 200 años de colonialismos imperiales. Y es que, como lo señala Tooze (2023), ahora ya “solo son pasajeros de un tren conducido por otros”.

(*)Álvaro García Linera es exvicepresidente de Bolivia

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Por Álvaro García Linera

/ 18 de junio de 2023 / 06:41

El punto sobre la i

Hubo un tiempo que el patrimonio de las lecturas terminales del capitalismo la poseía el marxismo. Durante las primeras décadas del siglo XX, la crisis del liberalismo decimonónico, la primera guerra mundial, la revolución soviética y el quiebre de las bolsas de 1929, alimentaron un extraordinario debate económico acerca de la inminente debacle de la moderna sociedad burguesa. Para la gran revolucionaria Rosa Luxemburgo, (La acumulación del Capital, 1913), la saturación de los nuevos mercados ocupados por el comercio y la producción capitalista anunciaba su inminente derrumbe. Aunque claro, no logro ver que el mercantilismo pudo densificar los consumos en los mercados existentes, y ocupar nuevos espacios “exteriores” como las sociedades agrarias o la unidad doméstica urbana.

K. Kautsky, (Teoría de las Crisis, 1901), padre de la socialdemocracia europea, anunciaba que el desacople entre producción y consumo mundial, la llamada sobreproducción, era el síntoma decisivo de la imposibilidad de la continuidad histórica del capitalismo. Sin embargo, la devastación material que conllevaron las guerras, y las propias depresiones económicas, jugaron el papel de “destrucción creativa” schumpeteriana que volvió a acoplar producción con consumo. H. Grossman (La ley de la Acumulación…, 1929), gran economista polaco, creía que la sobreacumulación de capital, debido a las constantes innovaciones tecnológicas que desplazaban el trabajo humano, reducían la cantidad de trabajo impago apropiado por los empresarios, en relación a los montos de inversión realizados, lo que, a la larga, llevaría a un colapso del sistema en su conjunto. Sin embargo, como viene aconteciendo a lo largo de décadas, esta tendencia decreciente de la tasa de ganancia, está acompañada también de un crecimiento sostenido de la masa de ganancia absorbida por la inversión que dinamiza la inversión. P. Mattick, otro gran economista marxista radicado en EEUU, consideraba que la sobresaturación de capital a escala mundial, más la competencia inter empresarial, llevarían a una “crisis mortal del capitalismo” al constreñir el nivel de los ingresos de las clases laboriosas (The Permanent Crisis, 1933). Pero no tomo en cuenta que la mejora de la productividad laboral general, eleva los ingresos de las clases menesterosas, en tanto que, el trabajo barato de las sociedades periféricas y el trabajo doméstico gratuito, ayudaron a sostener lo que U. Brand denomina el “modo de vida imperial” del capitalismo desarrollado.

Independientemente de que, con el tiempo, varios de los postulados de estas reflexiones fueron superados por la propia realidad, el gran aporte de esta polémica radico en poner la atención en la recurrente manifestación de límites en el desarrollo histórico de la sociedad capitalista. Si bien todos estos autores, incorporaban el factor decisivo de las luchas sociales para derribar el orden económico, consideraban que la eficacia de esas luchas necesitaba unas condiciones de posibilidad material que permitieran el derrumbe del capitalismo existente y su sustitución por otra organización económica de la sociedad.

Los trente glorieuses que emergieron después de la segunda guerra mundial (1945-1975) y que dieron los mayores índices de expansión económica y bienestar social a Europa y EEUU, aplacaron el debate sobre el derrumbe. La implosión del llamado “socialismo real” en 1989 y el triunfo inapelable del capitalismo de libre empresa en los años posteriores, cerraron temporalmente cualquier referencia en torno a los límites del capitalismo. De hecho, desde entonces podía presentarse como el insuperable final del camino del progreso humano. Pero la celebración del “fin de la historia” no duro mucho.

Primero, fueron las alarmas sobre las barreras naturales a esta forma de producir fundada en la ganancia permanente. Los efectos dramáticos en el medio ambiente, o que Marx llama la fractura del “intercambio metabólico” entre naturaleza y ser humano, comenzaron a ser expuestos, no solo con el inminente riesgo apocalíptico del trastrocamiento del clima, la biodiversidad y la vida terrestre, sino también con los limites materiales naturales a una continua expansión de la producción y la acumulación capitalista. Sugirió así un nuevo catastrofismo, ahora centrado, no tanto en las barreras a la acumulación empresarial, como en el agotamiento de los componentes materiales que permiten la producción y la acumulación burguesa. No es ya la organización social capitalista la que manifiesta sus propias fronteras (de acumulación, de desigualdad, de luchas sociales, etc.), sino la naturaleza la que es el límite de la ganancia ilimitada.

Cada nuevo informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, es más aterrador que el anterior, en tanto que el Reloj Climático señala que estamos a “segundos” de rebasar los 1,5 ºC de temperatura por encima de la era preindustrial, lo que llevara a una vorágine de desastrosos e irreversibles efectos medioambientales y biológicos en el mundo. Sin embargo, por ahora, este neo colapsismo ambiental, ha dado lugar a un fatalismo impotente que no logra visualizar un orden económico-social diferente al capitalismo existente. Se plantea atenuar su desarrollo, direccionarlo o, en el mejor de los casos des-desarrollarlo (Latouche, 2023), dejando de lado que, si algo caracteriza precisamente al capitalismo, es la tendencia a la acumulación perpetua, por encima del bienestar humano, del medioambiente o de la propia vida biológica.

Una contraparte temprana de este catastrofismo ambiental, es el desplome inducido, llamado aceleracionismo (Srnicek, Fisher); que propone exacerbar aún más la expansión capitalista a fin que sus fuerzas prometeicas, disolventes y de autoorganización, estallen creando condiciones para una otra sociedad.

Pero lo verdaderamente llamativo del último tiempo, es el catastrofismo analítico de las instituciones y “tanques pensantes” del propio capitalismo global. Eufóricas durante décadas con el imaginado triunfo definitivo del libre mercado, el FMI, Banco Mundial, BIS, Rand Corporation, World Economic Forum, McKensey, etc., en los últimos meses han pasado de un pesimismo temporal a un pesimismo catastrofista.

El FMI, ese portaaviones político, acorazado de dinero y datos econométricos, que durante décadas se encargó de encuadrar a América Latina y Europa del este en el ineluctable destino “final” de la humanidad, el libre-mercado, ahora se lamenta del “desmoronamiento” del orden planetario liberal y predice que la “fragmentación geoeconómica” en marcha traerá una contracción de hasta un 7% del PIB mundial en los siguientes años (Geoeconomic Fragmentation…, enero de 2023). Por su parte, el Banco Mundial, esa caballería global del “consenso de Washington”, ahora se detiene atónito ante el futuro incierto y augura una venidera “década perdida “con la caída de un tercio del crecimiento global respecto a los primeros 10 años del siglo XXI” (Global Economic Prospects, junio 2023).

Y el que más sorprende sobre el porvenir del capitalismo, es el McKinsey Global Institute. Considerado como la empresa de consultoría más famosa e influyente del mundo, y que ha formado a la mayor cantidad de CEOs de grandes empresas, acaba de realizar un análisis crítico y calamitoso del porvenir del capitalismo mundial capaz de disputar umbrales de fatalismo a las más enjundiosas versiones catastrofistas del marxismo del siglo XX. Comienza su estudio señalando que, en los últimos 40 años, el capitalismo global se ha desplegado por medio de una anomalía peligrosa: que el crecimiento del valor de los activos (acciones, bienes raíces) y de la deuda (estatal, empresarial, personal), fue más rápido que el crecimiento del PIB. Es decir, el valor en papeles se desacoplo del valor real de la economía. Por cada 1 dólar de activo real, el activo ficticio creció 1,3 veces. Desde 1993 hasta el 2021, dice el documento, el capital no persiguió inversiones productivas, sino la riqueza de papeles: el valor de los bienes raíces creció 33% por encima del PIB. Los activos 100%; la deuda 90%, y los depósitos un 124% (The Future of Wealth and Growth…, mayo de 2023)

Para aumentar los males endémicos, la inversión productiva ha disminuido como porcentaje del PIB. En la UE, 55% más baja que entre 1995-2008. Y en Estados Unidos, 40% menos. Por su parte, la productividad ha reducido su tasa de crecimiento. Si entre 1980 al 2000 aumento un 1,8% anual, entre el 2000-2021 tan solo un 0,8%. La esperanza de que la digitalización y la I+D revolucione la productividad ha fracasado por la ausencia de “habilidades necesarias” en la fuerza laboral y, sobre todo, porque son tecnologías de ciclos de vida cortos que “pueden absorber ahorros solo por periodos muy limitados” antes de volverse obsoletas o transferir conocimiento a los competidores. Esta ralentización de la productividad del capitalismo tardío, antiguo baluarte de su superioridad histórica, no es un problema pasajero: es un límite estructural del propio capitalismo. Se ha creado así un círculo vicioso: aumenta la participación de los grandes dueños en la riqueza global; disminuye la participación de los trabajadores que reduce el consumo proporcional y crece el valor “en papel” de los activos debido al ahorro de los ricos. Se trata de un problema de sobreproducción con efectos de desvió especulativo de la riqueza que suscribiría el propio Marx (El Capital, Tomo III).

¿Frente a este desastre, que opciones hay al frente? El instituto más deseado por todos los graduados en ramas económicas de las universidades más prestigiosas del mundo, ve 4 opciones, cada cual más problemática que la anterior. La primera, mantener lo mismo que ahora; crecimiento ficticio, PIB aumentando por debajo del 1%, demanda débil, bajo aumento de la productividad, mayor desigualdad. En resumen, volver al estancamiento secular.

La segunda, políticas de defensa nacional (nacionalismo económico): aumento de la inversión pública, crecimiento moderado del salario y el consumo, inflación por encima del 4%, disminución de valor de las acciones y bienes raíces, aumento de la deuda y contracción de la riqueza de los hogares en un 8,5%.

La tercera, de recesión prolongada: política fiscal austera, ajuste fiscal duro y contención de la inflación, tasas de interés altas, caída de los valores de los activos, crisis de liquidez, crisis mundial de deuda, demanda débil, zoombificacion de empresas; PIB crece 1 punto menos que la década anterior, caída del valor real de acciones y bienes raíces en un 30% o más.

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Por último, productivismo en base al aumento de la inversión en nuevas tecnologías: crecimiento del PIB de 1% por encima de la década anterior, inflación controlada, políticas publicas industriales, valor de bienes inmuebles se estancan y caen en relación al PIB, nueva ola de economías emergentes. Esta última opción, la menos conflictiva, se asemeja mucho a la señalada hace más de 100 años atrás por Luxemburgo, solo que ella ya vio la saturación de ese camino. Y en cuanto a la productividad, no hay una ruta para remontar los limites estructurales que el mismo Instituto menciona respecto a las tecnologías de rauda obsolescencia.

En síntesis, los corifeos del capitalismo han extraviado el optimismo histórico. No solo nos muestran con datos un modelo de desarrollo neoliberal desfalleciente, sino también un capitalismo estructuralmente cansado, fisurado, carente de horizonte esperanzador capaz de lanzar al mundo a una nueva etapa de prosperidad. Casi como una bestia irracional que se devora a si misma. Por ello, no cabe duda que, en estos tiempos de incertidumbre pesimista, habría que volver a desempolvar y enriquecer los previsores debates marxistas sobre las condiciones del “derrumbe” capitalista.

(*)Álvaro García Linera exvicepresidente de Bolivia

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Hay un desquiciamiento cognitivo en los hijos ideológicos del FMI, su mundo plano se está hundiendo y no entienden por qué.

Hoy día resulta que de ese gran principio supremo ordenador del capitalismo tardío, el ‘libre mercado’, ya no queda nada más que la nostalgia

/ 30 de abril de 2023 / 07:00

DIBUJO LIBRE

Hubo un tiempo en que las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre cómo reorganizar la economía eran leídas, defendidas y ejecutadas como si se tratara de un mandato divino. Eran los años 90 del siglo pasado, cuando cada estudio del curso de la economía mundial o convenio alcanzado con tal o cual país, no solo emanaba un enjundioso optimismo histórico con lo que se estaba proponiendo, sino que, además, venía acompañado de una apodíctica y eficiente difusión piramidal que iba de ministros de Economía a parlamentarios; de asesores económicos de gobiernos a reconocidos empresarios locales; de prestigiosas universidades a comentaristas de televisión y periódicos; de académicos a tertulianos de café, que se relamían los labios con cada frase, con cada dato, con cada sugerencia de este organismo internacional.

Eran los tiempos del “gran consenso social” tejido por una profusa red molecular de opinión pública dedicada a consentir que los sacrificios colectivos de la pérdida de derechos, de la expropiación de bienes públicos y del abandono estatal, iban a redimirse con un brillante éxito individual de volverse empresario, accionista o director de empresa. Privatizar todo, desproteger todo y dejar que el libre mercado se encargue del resto eran los credos fundadores de un nuevo mundo de emprendedores, al que inmediatamente los clérigos de esta religión acompañaban, en medio de responsos e incienso, con frasecitas huecas como “achicar el Estado para agrandar la nación”, “país de ganadores”, “distribución por goteo” o “fin de la historia”.

Pero, al despuntar el siglo XXI todo comenzó a fracturarse. La pobreza, escondida debajo del tapete del “emprendedurismo” saltó por los aires. Las desigualdades brutales quebraron consensos y el libre mercado corría a arrodillarse ante el Estado para demandar rescates financieros o subvenciones: primero, ante la crisis de las hipotecas subprime; luego, ante el gran encierro del COVID-19; después, ante el poderío productivo de China; luego, ante la elevación de los precios de los combustibles; después, ante los quiebres bancarios; luego, ante el cambio climático…

Y ahora resulta que de ese gran principio supremo ordenador del capitalismo tardío, el “libre mercado”, ya no queda nada más que la nostalgia. En 2020, el Estado ha salvado a las empresas y a las bolsas de valores de las grandes economías del norte. El comercio mundial y los capitales transfronterizos han ralentizado estructuralmente su crecimiento; las subvenciones a la energía, los alimentos y al consumo han desplazado a la libre oferta y demanda. La “seguridad nacional” o el expansionismo geopolítico han asesinado a la ley de la oferta y demanda para definir los precios de los combustibles, de las redes de telecomunicaciones, de los microprocesadores o de la transición energética. Europeos y norteamericanos premian con dinero público a los empresarios que retraen sus cadenas de valor a cada país y castigan la eficiencia de la externalización de los costos. El globalismo está siendo sustituido por el nacionalismo económico y la geopolítica.

Esto lo sabe el FMI. Y lo lamenta infinitamente. En un reciente estudio (Fragmentation geoeconomic and the future of multilateralism), hace un recuento de este catastrófico retroceso del libre mercado. Muestra cómo después de un largo flujo globalista que va de 1980 a 2010, se ha entrado en un reflujo que puede durar décadas.

Para ello brinda datos del retraimiento del comercio mundial de bienes, servicios y finanzas, con respecto al PIB, de 45% a 33%. Del incremento mundial, hasta en 400%, de medidas restrictivas y proteccionistas.

Habla de encuestas que revelan el sustancial aumento de la desconfianza social con la globalización (50%) y el crecimiento de la demanda de medidas proyectivas (33%). El estudio también proporciona datos sobre el terremoto en los imaginarios colectivos que está acompañando todo esto al comprobar cómo es que las palabras de “seguridad nacional”, “nearshoring” o “deslocalización” están sustituyendo de manera abrumadora el viejo léxico mercantilista en las instituciones internacionales, entre empresarios y directivos de empresas. Para rematar este panorama adverso, el último informe de abril sobre la economía mundial (World Economic Outlook) muestra cómo es que la inversión extranjera directa de haber alcanzado 5% con respecto al PIB el 2008, ha caído a menos de 2% en 2022. Para ensombrecer el efecto de estos hechos, los informes también señalan que estas “desgracias” traerán una posible caída del PIB mundial del orden de 2 a 7% en los siguientes años. Pero, a pesar de esto, no le queda más que admitir que lejos de tratarse de un recodo en el camino que será enderezado por un inmediato y triunfal regreso del libre mercado, esta “slowglobalization” es un hecho estructural y de largo aliento.

Decir estas cosas a una institución que durante décadas fue el oráculo del triunfo inevitable del libre mercado, no es fácil. Acarrea traumas internos, frustraciones existenciales y una catarata de contradicciones casi paranoicas.

Esto ya se hizo manifiesto el 2020, cuando al finalizar el “gran encierro” ante la pandemia, el FMI recomendó a los gobiernos de los países subir los impuestos a los ricos y aumentar la inversión pública, tanto en protección social como en capital (World Economic Outlook, 2020); exactamente todo lo contrario de lo que había exigido los 40 años previos. Más desconcertante aún es comparar las anteriores imposiciones a los países en “vías de desarrollo” (que levanten barreras arancelarias, abran sus mercados y acepten un mundo sin “perjudiciales” fronteras), con la nueva teoría fondomonetarista del semáforo de “compromisos diferenciales” (Outlook, 2023) en el que cada país podrá optar, de manera “pragmática”, por acuerdos comerciales sin restricciones allá donde existen acuerdos globales (semáforo en verde); acuerdos regionales, donde no hay alineamiento extendido de preferencias (semáforo en amarillo); y, medidas protectoras unilaterales, donde cada gobierno opta por sus propios intereses internos (semáforo en rojo).

Pero donde esta inversión lógica del mundo llega a groseras antinomias es cuando, en el mismo documento, se ofrecen dos caminos antagónicos para un mismo problema. Frente a la crisis de la deuda soberana, que en los últimos 5 años se ha disparado en todo el mundo, el FMI exige, por una parte, la “consolidación fiscal”, eufemismo para reducir la inversión pública, contraer gastos sociales y despedir personal, como lo intenta imponer en Argentina. Pero, por otra, dedica todo un capítulo para demostrar que por experiencia histórica comparada en 33 economías de mercado emergentes y 21 economías desarrolladas, entre 1980 y 2019, los casos de contracción fiscal no han generado una reducción significativa del endeudamiento. Y, por el contrario, los datos fácticos muestran que la inflación moderada reduce el valor nominal de la deuda y, la expansión del gasto fiscal dirigida a aumentar el PIB mediante un “choque positivo de oferta y demanda” reducen notablemente los índices del endeudamiento público hasta en un tercio. Ciertamente esto es una obviedad. Solo haciendo crecer la economía y los ingresos que tiene el Estado, se puede reducir los porcentajes de deuda y pagar los créditos; más aún en un mundo en que hay un repliegue estructural de la inversión extranjera, que está optando por refugiarse en los países económicamente más fuertes, por las altas tasas de interés que otorgan y la incertidumbre económica que ha corroído cualquier atisbo de confianza en el porvenir.

Milton Friedman, guía espiritual de los tiempos neoliberales, recomendaba saber “cuando la marea está cambiando” para poder volver efectiva una doctrina económica. Se refería a tener sensibilidad para comprender los cambios en la opinión pública, en la atmósfera intelectual y en la gente común. Él lo supo percibir en los años 70, cuando el armazón keynesiano se desmoronaba y, junto con otros, pudieron irradiar el nuevo credo económico. Pero está claro que sus acólitos del FMI no lo están haciendo con suficiente perspicacia.

Pero donde el desquiciamiento cognitivo es mucho mayor, es en los hijos ideológicos de los organismos internacionales del orden globalista. Portadores de un entusiasmo liberal que compensa un recortado talento, todo el ejército de “analistas económicos”, consultores, profesores, políticos y promotores del libre mercado que bebían del dogma derramado desde el FMI o el BM, han quedado descocados. Su mundo plano se está hundiendo y no entienden por qué.

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Unos han optado por el estupor paralizante. Se sienten traicionados por una realidad que no se adecuó a sus profecías y les cambió las preguntas a sus respuestas. El resultado es el desconcierto ante una sociedad que ha extraviado su rumbo.

Otros han devenido en espectros llorosos de un orden económico que se está desvaneciendo junto con sus certidumbres y, ante la evidencia, no queda más que aferrarse a los recuerdos melancólicos de unos compromisos para los que la historia aún no estaba preparada.

Y, finalmente, están los hijos zombis. Se trata de criaturas despiadadas nacidas y alimentadas por un tiempo histórico, unos paradigmas y unas circunstancias económicas que hoy ya no existen más. El consenso y optimismo globalista que les infundía vida ha muerto al igual que ellos. Pero aún no se han dado cuenta o no lo aceptan; y deambulan furiosos fagocitando las hilachas corrompidas del viejo orden arrastrado por la inercia y el viento. A diferencia del espectro, que solo vagabundea por los rincones de las conciencias patéticas, el zombi es violento y destructor. Como ya no busca seducir con el libre mercado sino imponer y sancionar a sus detractores, se propone “dinamitar” las reglas económicas; compite por la rapidez de “terapias de shock” y, hasta hay quienes resucitan chapuceras propuestas de “vouchers” educativos. Son iliberales dispuestos a defender un liberalismo a palos.

Con todo, representan la memoria fósil de un fracaso que condujo a los estallidos continentales de 2001-2003. Con la agravante de que, a diferencia de entonces, prometen no ser “blandos” y poner en regla a los revoltosos, es decir, más desastres en espiral. Quizá a eso se refería Antonio Gramsci cuando hablaba de las expresiones morbosas o monstruosas de una hegemonía desfalleciente propia de un “interregno”.

(*)Álvaro García L. es investigador social, exvicepresidente

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DIBUJO LIBRE

El presidente norteamericano Joe Biden es un católico confeso. Asiste regularmente a los oficios religiosos de su congregación y, como todo presidente de Estados Unidos, ha jurado a su cargo colocando su mano en la biblia. Por eso, se puede decir que sabe de la carga moral negativa que tiene entre los suyos la palabra “infierno”. Es lo execrable por antonomasia; lo que hay que rechazar sin apelación. De lo que hay que huir en cada acto personal.

Y ese es el calificativo que ha decidido utilizar para rechazar los reclamos de libre comercio por parte de sus socios europeos. El 27 de enero de 2023, en una reunión con sindicatos en Springfield ha declarado: “Señoras y señores, estamos siendo criticados internacionalmente por centrarme demasiado en América. Al infierno con eso. La cadena de suministro va a comenzar aquí… no termina con nosotros”. En la simpleza del párrafo, hay todo un programa de política económica. Claro, durante los últimos 40 años, bajo el lema de “eficiencia”, las cadenas de suministros de la producción de bienes se descentraron de las grandes potencias (excepto Alemania), para iniciarse y prolongarse allí donde los salarios eran más bajos, los derechos laborales inexistentes y los impuestos mínimos. Esto llevó a que se “mundializaran” los eslabones de las actividades productivas, convirtiendo a Estados Unidos y Europa en un gran supermercado de consumo final de productos elaborados en China, India, México, Singapur, Taiwán, etc. Fueron los “años dorados” del libre comercio y las “ventajas comparativas”.

Pero ahora esa ideología globalista se muestra decrépita y cansada; el crecimiento económico de las grandes potencias occidentales está en declive. Sus clases medias y laboriosas han visto por décadas estancados sus ingresos. La glotonería de su población, sustentada en la importación de productos baratos, ha entumecido su sistema productivo y ha permitido el ascenso de potencias orientales dispuestas a disputar el liderazgo mundial. Y, lo peor, el desafecto de sus electores con los relatos cosmopolitas se ha vuelto directamente proporcional a la grosera desigualdad que golpea sus bolsillos. El humor colectivo ha cambiado. El optimismo histórico ha dado paso al enojo, la decepción y la incertidumbre.

El fenómeno Trump y su banda de asaltantes de parlamentos fueron un síntoma que ha golpeado el orgullo de una nación que se creía la protectora universal de la democracia. Y Biden lo sabe perfectamente. Por ello la invocación al hogar de satán, anteriormente reservada para condenar a comunistas y musulmanes radicales, ahora él la usa para defenderse de sus “aliados” globalifílicos. No es otro síntoma de senilidad. Es el proyecto de un nuevo modelo de organizar la economía.

A mediados de 2022, la administración Biden aprobó dos leyes contra la inflación y el cambio climático que moviliza 465.000 millones de dólares en subvenciones para la industria local. Se trata de las leyes Reduction inflation Act (IRA), y la Chips and Cience Act (CHIPS) que subsidian, la primera, con 52.000 millones de dólares a los empresarios que instalen en suelo norteamericano fábricas de microprocesadores (FABS); y la segunda, que subvenciona con 7.500 dólares a cada comprador estadounidense de vehículos eléctricos fabricados en y con componentes hechos en Estados Unidos.

Debido a ello, en un artículo en Project Syndicate del 22 de diciembre, Anne Kruger, exejecutiva en jefe del Banco Mundial, se lamentaba del ya inevitable “colapso del sistema de comercio internacional” por esta desatada guerra de impuestos y subvenciones; primero entre Estados Unidos y China, y ahora entre Estados Unidos y Europa. Y no es para menos, pues el 8 de diciembre de 2022, el representante de Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), Adam Hodge, rechazó las conclusiones a las que llegó dicha institución en torno al reclamo de China contra las barreras arancelarias erigidas por el Estado norteamericano a sus exportaciones de aluminio y acero. Y el razonamiento fue inequívoco en cuanto a las premisas del nuevo tiempo: “La administración Biden se compromete a resguardar la seguridad nacional de los Estados Unidos al garantizar la viabilidad de largo plazo de nuestra industria del acero y el aluminio, y no tenemos la intención de eliminar los aranceles”.

Qué lejos han quedado las frasecitas de “eficiencia de costos”, “ventajas comparativas” o “cero barreras arancelarias” con las que se mundializaron las cadenas de valor. Hoy, la “seguridad nacional”, “nuestras industrias”, “friendshoring”, “subvenciones”, “soberanía energética”, etc., son las nuevas banderas de un neoproteccionismo emergente en las decisiones de las potencias capitalistas. A decir del apesadumbrado editorial del The Economist del 12 de enero de 2023, “la ganancia nacional ha regresado”. No es el fin de la globalización, sino su ralentización, fragmentación geopolítica y supeditación a las exigencias del mercado interno.

Quien ha conceptualizado de manera pragmática los perfiles de este nuevo “consenso de Washington”, es el premio nobel Paul Krugman. En su artículo del 12 de diciembre último en el New York Times, sin esconder su alegría escribía “Biden está cambiando silenciosamente los cimientos básicos del orden económico mundial” al subsidiar la producción nacional de semiconductores, de energía limpia y al limitar el acceso de China a tecnología avanzada. Afirma sin complejos que se trata de un nuevo tipo de “nacionalismo económico”, lo cual no le preocupa. Es más, ante la pregunta que él mismo se hace de si todas estas medidas pueden llevar a que “crezca el proteccionismo en el mundo”, se responde: Sí. Podía haber dicho “sí y qué”, o en sintonía bíblica con el presidente Biden “sí y qué diablos”, pero quizá sus pruritos académicos se lo impidieron. Pero el énfasis normativo es el mismo. El espíritu proteccionista ha iniciado su nuevo ciclo.

El World Economic Forum de Davos de enero de 2023, donde se reunieron líderes empresariales, élites políticas e intelectuales mainstream, no ha podido eludir la conmoción de estos nuevos vientos. Pat Gelsinger, presidente ejecutivo de Intel, el mayor fabricante de microprocesadores del mundo, admitía que para la industria “fue un error” ser dependiente de Asia. A su turno, la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, en su intervención del 19 de enero reconocía que la globalización fue complaciente con los “ganadores” pero no hizo lo suficiente por los “perdedores”, que son la mayoría; y ahora, “el apoyo público a una economía global interconectada se ha debilitado”.

Aunque con más lentitud e hipocresía, Europa comienza a bailar el mismo ritmo proteccionista. Primero fueron la retirada del Reino Unido de la Unión Europea y el veto de algunos países a la tecnología China 5G. Luego, en 2022, la manipulación del mercado de gas, al desplazar el más barato, el ruso, por mayor producción local de carbón, energía nuclear y más gas norteamericano, mucho más caro. La geopolítica de contención de Rusia y China está por encima de la “mano invisible” del mercado. Luego, Francia nacionaliza la mayor empresa energética de Europa; España pone tope a las tarifas eléctricas, Alemania dispone 200.000 millones de euros para subvencionar el precio del gas a su población, y el ex primer ministro Gordon Brown, conocido socialdemócrata globalista, llama a nacionalizar el sistema de generación eléctrica de Gran Bretaña. Finalmente, el 17 de enero de 2023, la audiencia de Davos será aprovechada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para sentenciar que Europa también va a fomentar su “propia industria de energía limpia”. Incluso habló de la posibilidad de un nuevo paquete de “fondos soberanos” para proteger a sus inversores. Hay desesperación por impedir un éxodo de industrias europeas tras las subvenciones norteamericanas. Como lo sentenciaba Larry Flink, director de Blackrock, el mayor fondo de inversiones del mundo, estamos presenciando “el fin de la globalización que vivimos las últimas tres décadas”.

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Hace 79 años, y a raíz de los efectos del liberalismo decimonónico que condujeron a la depresión de 1930 y al fascismo, Karl Polanyi, en su obra La Gran Transformación reflexionó sobre este péndulo entre proteccionismo y librecambio en la dinámica de la sociedad moderna. La denominó el “doble movimiento” que llevaba a que la continua expansión del mercado, que a la larga destruía el tejido social, fuera contrarrestada por un movimiento contrario de defensa de la propia producción, la naturaleza y la sociedad.

Ya sea que se trate de la fase descendente de una “onda larga” Kondratiev, de procesos cíclicos entre mercado autorregulado contrarrestado por la defensa de la sociedad o una demonización presidencial, lo cierto es que un nuevo tipo de proteccionismo molecular comienza a apoderarse de parte de las políticas públicas planetarias. Lo cómico en estos tiempos de inflexión histórica es ver a los fósiles criollos del liberalismo latinoamericano repetir con fe cuasi religiosa el deshilachado mantra neoliberal del “Estado mínimo”, “austeridad pública”, privatización y libre mercado. Son patéticos espectros melancólicos de un mundo “que el viento se llevó”. Y que, si por alguna tragedia social regresa temporalmente, solo lo podrá hacer cabalgando el odio y la violencia infernal.

(*) Álvaro García L. es matemático, investigador, exvicepresidente

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Barroquismo Europeo

El envejecimiento y los achaques llegaron muy rápido a un continente que se sentía superior al resto de los mortales.

/ 30 de octubre de 2022 / 05:32

DIBUJO LIBRE

Cambiar presidentes cada año en medio de escándalos circenses, castigar a los que denuncian con pruebas la corrupción de autoridades, censurar medios de comunicación o regalar armas amparados en las banderas del pacifismo, podrían ser tópicos de algunos países tercermundistas. Pero no. No son cosas que solo suceden en la “jungla”, sino también en el llamado “jardín” europeo, según las hilarantes declaraciones del alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell.

Claro, en 6 años Inglaterra ha tenido a 5 primeros ministros, compitiendo con la Bolivia neoliberal de inicios del siglo XXI que, en su momento de declive, llegó a tener 5 presidentes en 5 años. Igualmente, la presidenta de la Comunidad Madrid eclipsa con sus entuertos familiares la corrupción de Dos Santos en Angola, con la diferencia de que al menos allí no se proscribió al denunciante de los actos dolosos, como sí lo hicieron con el dirigente del partido político español PP, Pablo Casado. Y si de “realismo mágico” se trata, los verdes alemanes son insuperables al aprobar el envío de tanques y armas de guerra para matar seres humanos, en cumplimiento de su férreo compromiso para proteger el “medioambiente”.

Vista a distancia, la política de las viejas élites europeas es una extravagante puesta en escena diaria. Uno puede distraerse con unas vistosas exequias que paralizan a un país durante una semana, en honor a una señora cuya virtud era tomar puntualmente el té. Otro día, en el parlamento europeo, una guerra convierte instantáneamente la energía nuclear, de abominable peligro para la humanidad, en ecológicamente sustentable. Poco después, en Italia, triunfa espectacularmente una candidata que reivindica sin complejos a Benito Mussolini, uno de los fundadores del fascismo que llevó a la muerte a 60 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial. No bien uno está acabando de digerir este desvarío político, al día siguiente se entera de que la primera ministra inglesa, emulando a la “dama de hierro” de los 80, anuncia el recorte de los impuestos a los ricos, para desdecirse a los tres días y terminar como una dama de hojalata, renunciando y anulando esos recortes impositivos. En el noticiero de la mañana, los funcionarios del Consejo Europeo hablan de las virtudes de la economía de mercado. En la noche, imponen a sus ciudadanos un incremento del 100 o 200% en el costo de la energía domiciliaria, por ir en contrarruta de esa misma economía de mercado. No solo tienen que comerse su retórica sobre el “libre comercio”, pues ello significaría comprar gas barato a Rusia, que ahora es su nuevo “enemigo sistémico”; mostrando que la geopolítica expansiva es un “valor” occidental más fuerte que la libertad de mercado. Sino que, además, lo hacen sin consultar a nadie, sin haber sido elegidos por ningún ciudadano que ahora tendrá que pagar con sus bolsillos los aprestos guerreristas de sus élites.

Si de cantinfladas se trata, los burócratas de Bruselas llevan la delantera. Decretan la muerte de la nación causante de nativismos obsoletos, para luego atrincherarse en un nacionalismo de vacunas, y de insumos médicos, apenas la pandemia toca sus fronteras. Pontifican sobre la austeridad fiscal cuando hay que mejorar los ingresos de los trabajadores, pero disponen de euros “sin límite” para salvar los mercados tras el “gran confinamiento” de 2020. Son “globalistas” o “soberanistas”, “frugales” o “subvencionadores”, “medioambientalistas” o “extractivistas”, “pacifistas” o “belicistas”, según cómo cambian las presiones sociales. Toda la elegante estantería de “reglas” de mercado con las que fanfarronearon durante décadas, se ha caído en medio de una catarata de incongruencias diarias.

Y el racionamiento, esa palabra preferida para descalificar las economías de los llamados “populistas” latinoamericanos, ahora toca las puertas de cada hogar europeo. No importa con qué eufemismo lo intenten edulcorar: ahorro, gasto racional, etc. Lo cierto es que no habrá suficiente gas para las industrias, ni suficiente energía para la calefacción de las familias, ni la suficiente iluminación de los centros comerciales para deslumbrar a los turistas. Si todo esto no fuera suficiente, los mismos burócratas europeístas que, con aires de superioridad, reprochan a China y Nicaragua la censura que aplican a medios de comunicación, son los que prohíben la emisión europea de las redes informativas rusas RT y Sputnik. Los buenos modales de la opulencia y el cosmopolitismo han sido trastocados por una grotesca competencia de folclorismos.

El envejecimiento y los achaques han llegado muy rápido a un continente que se sentía superior al resto de los mortales. Ni sus poses de imperios de geriátrico pueden esconder la descomposición barroca de sus élites políticas dominantes. Al final, solo serán el enmohecido telón de fondo de una disputa de los verdaderos grandes, Estados Unidos y China, cuyo destino definirá el espíritu de época de este nuevo siglo. No es el colapso de la “civilización” ni el fin de “occidente”. Eso sería un exceso para unas oligarquías carentes de esplendor. Es su provincialización. Y ello hay que asumirlo con decoro y sin enfeudamientos perversos. Al fin y al cabo, no hace mucho tiempo, millones de familias europeas también abandonaron sus patrias ensangrentadas, y no hubo puertos latinoamericanos ni africanos con alambres de púas dispuestos para ensartar sus cuerpos. Y nunca se sabe cuándo los vientos del flujo migratorio volverán a cambiar de sentido.

Ciertamente, no es que al resto del mundo no europeo le vaya de maravilla. Todos los países, sin excepción, están atravesando un periodo de retrocesos históricos, inestabilidades y deterioro social sin precedentes. Son los síntomas globales del abatimiento de un largo ciclo histórico, de una época de poderío empresarial sin límites que duró 40 años, y que, ahora, muestra las miserias de su ocaso. Que esta descomposición económica y moral sea más llevadera con dinero y el tensionamiento de resortes imperiales, es evidente en Estados Unidos y Europa. Pero su degradación es inexorable. Trump, Orban, Meloni, los neofascismos y supremacismos blancos que crecen al interior de la política norteamericana y europea son la expresión morbosa de un tiempo histórico que desfallece y que, de momento, no tiene sustituto creíble.

Este momento liminal de la historia de las sociedades que desgarra su cohesión y templanza, se ha repetido cíclicamente en los últimos 100 años con una periodicidad de 40 a 50 años. Sucedió en la década de los 70 e inicios de los 80 del siglo XX, cuando desfallecía el Estado de Bienestar y dio lugar al neoliberalismo. Y también al momento del declive del liberalismo decimonónico, en los años 20, que fue sustituido por el Estado de Bienestar. Nadie sabe aún cómo será el nuevo ciclo de acumulación económica y de legitimación política que se impondrá en el mundo para garantizar otros 40 años de estabilidad social. Ojalá que venga de la mano de las expectativas de las clases menesterosas. Y esperemos que no esté precedida de guerras mundiales devastadoras que, como lo sabemos, siempre se han originado en Europa, a galope de élites depravadas y ensimismadas, como las que hoy intentan asomar las orejas en el pórtico de la historia.

(*)Álvaro García L. es matemático, exvicepresidente del Estado

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La segunda oleada progresista latinoamericana

La que desde 2019 acumula victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y revueltas sociales en Chile y Colombia.

/ 28 de noviembre de 2021 / 17:23

DIBUJO LIBRE

El mundo está atravesando una transición político-económica estructural. El viejo consenso globalista de libre mercado, austeridad fiscal y privatización que encandiló a la sociedad mundial durante 30 años, hoy luce cansado y carece de optimismo ante el porvenir. La crisis económica de 2008, el largo estancamiento desde entonces, pero principalmente el lockdown [confinamiento] de 2020 ha erosionado el monopolio del horizonte predictivo colectivo que legitimó el neoliberalismo mundial. Hoy otras narrativas políticas reclaman la expectativa social: flexibilización cuantitativa para emitir billetes sin límite, Green New Deal [Nuevo Acuerdo Verde], proteccionismo para relanzar el empleo nacional, Estado fuerte, mayor déficit fiscal, más impuestos a las grandes fortunas, etc. son las nuevas ideas fuerza que cada vez son más mencionadas por políticos, académicos, líderes sociales y la prensa del mundo entero. Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980. Aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y, mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia al espíritu social.

América Latina se adelantó en más de una década a estas búsquedas mundiales. Los cambios sociales y gubernamentales en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, dieron cuerpo a una “primera oleada” de gobiernos progresistas y de izquierda que se plantearon salir del neoliberalismo. Más allá de ciertas limitaciones y contradicciones, el progresismo latinoamericano apostó a unas reformas de primera generación que lograron tasas de crecimiento económico de 3 a 5 %, superiores a las registradas en tiempos anteriores. Paralelamente se redistribuyó de manera vigorosa la riqueza, lo que permitió sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones. La desigualdad cayó de 0,54 a 0,48, en la escala de Gini, y se aplicó un incremento sostenido del salario y de los derechos sociales de los sectores más vulnerables de la población, lo que inclinó en favor del trabajo la balanza del poder social. Algunos países procedieron a ampliar los bienes comunes de la sociedad mediante la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y, como en el caso de Bolivia, se dio paso a la descolonización más radical de la historia al lograr que los sectores indígena-populares se constituyan en el bloque de dirección del poder estatal.

Esa primera oleada progresista, que amplió la democracia con la irrupción de lo popular en la toma de decisiones, se sostuvo sobre un flujo de grandes movilizaciones sociales, descrédito generalizado de las políticas neoliberales, emergencia de liderazgos carismáticos portadores de una mirada audaz del futuro, y un estado de estupor de las viejas élites gobernantes.

SEGUNDA OLEADA. La primera oleada del progresismo latinoamericano comenzó a perder fuerza a mediados de la segunda década del siglo XXI, en gran parte por cumplimiento de las reformas de primera generación aplicadas.

El progresismo modificó la tasa de participación del excedente económico en favor de las clases laboriosas y el Estado, pero no cambió la estructura productiva de la economía. Esto inicialmente le permitió transformar la estructura social de los países mediante la notable ampliación de las “clases medias”, ahora con mayoritaria presencia de familias provenientes de sectores populares e indígenas. Pero la masificación de “ingresos medios”, la extendida profesionalización de primera generación, el acceso a servicios básicos y vivienda propia, etc., transformaron no solo las formas organizativas y comunicaciones de una parte del bloque popular, sino también su subjetividad aspiracional. Incorporar estas nuevas demandas y darles sostenibilidad económica en el marco programático de mayor igualdad social, requería modificar el modo de acumulación económica y las fuentes tributarias de retención estatal del excedente.

La incomprensión en el progresismo de su propia obra y la tardanza en plantearse nuevos ejes de articulación entre el trabajo, el Estado y el capital, dieron paso desde 2015 a un regreso parcial del ya enmohecido programa neoliberal. Pero, inevitablemente éste tampoco duró mucho. No había novedad ni expansivo optimismo en la creencia religiosa en el mercado. Solo un revanchismo enfurecido de un “libre marcado” crepuscular que desempolvaba lo realizado en los años 90 del siglo XX: volver a privatizar, a desregular el salario y concentrar la riqueza.

Ello dio pie a la segunda oleada progresista, que desde 2019 viene acumulando victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y extraordinarias revueltas sociales en Chile y Colombia. Esto enmudeció esa suerte de teleología especulativa sobre el “fin del ciclo progresista”. La presencia popular en la historia no se mueve por ciclos sino por oleadas. Pero claro, la segunda oleada no es la repetición de la primera. Sus características son distintas. Y su duración también.

En primer lugar, estas nuevas victorias electorales no son fruto de grandes movilizaciones sociales catárticas que, por su sola presencia, habilitan un espacio cultural creativo y expansivo de expectativas transformadoras sobre las que puede navegar el decisionismo gubernamental. El nuevo progresismo resulta de una concurrencia electoral de defensa de derechos agraviados o conculcados por el neoliberalismo enfurecido; no de una voluntad colectiva de ampliarlos, por ahora. Es lo nacional-popular en su fase pasiva o descendente.

Es como si ahora los sectores populares depositaran en las iniciativas de gobierno el alcance de sus prerrogativas y dejaran, de momento, la acción colectiva como la gran constructora de reformas. Ciertamente el “gran encierro” mundial de 2020 ha limitado las movilizaciones, pero curiosamente no para las fuerzas conservadoras o sectores populares allí donde no hay gobiernos progresistas, como Colombia, Chile y Brasil.

Una segunda característica del nuevo progresismo es que llega al gobierno encabezado por liderazgos administrativos que se han propuesto gestionar de mejor forma, en favor de los sectores populares, las vigentes instituciones del Estado o aquellas heredadas de la primera oleada; por tanto, no vienen a crear unas nuevas. Dicho de otra manera, no son liderazgos carismáticos, como en el primer progresismo, que fue dirigido por presidentes que fomentaron una relación efervescente, emotiva con sus electores y disruptivas con el viejo orden.

Sin embargo, la ausencia de “relación carismática” de los nuevos líderes no es un defecto sino una cualidad del actual tiempo progresista, pues fue por esa virtud que fueron elegidos por sus agrupaciones políticas para postularse al gobierno y, también, por lo que lograron obtener la victoria electoral. En términos weberianos, es la manera específica en que se rutiniza el carisma. Aunque la contraparte de ello será que ya no puedan monopolizar la representación de lo nacional- popular.

En tercer lugar, el nuevo progresismo ya forma parte del sistema de partidos de gobierno en cuyo interior lucha por ser dirigente. Por tanto, no busca desplazar al viejo sistema político y construir uno nuevo como en la primera época, cuando objetivamente pudo enarbolar las banderas del cambio y de la transgresión por exterioridad al “sistema tradicional”. Lo que ahora se propone es estabilizarlo preservando su predominancia, lo que le lleva a una práctica moderada y agonista de la política.

En cuarto lugar, la nueva oleada progresista tiene al frente a unos opositores políticos cada vez más escorados hacia la extrema derecha. Las derechas políticas han superado la derrota moral y política de la primera oleada progresista; y, aprendiendo de sus errores, ocupan las calles, las redes y levantan banderas de cambio.

Han cobrado fuerza social mediante implosiones discursivas reguladas, que las ha llevado a enroscarse en discursos antiindígena, antifeminista, antiigualitarista y anti Estado. Abandonando la pretensión de valores universales, se han refugiado en trincheras o cruzadas ideológicas. Ya no ofrecen un horizonte cargado de optimismo y persuasión, sino de revancha contra los igualados y exclusión de quienes se consideran culpables del desquiciamiento del viejo orden moral del mundo: los “populistas igualados”; los “indígenas y cholos con poder”; las mujeres “soliviantadas”, los migrantes pobres, los comunistas redivivos…

Esta actual radicalización de las derechas neoliberales no es un acto de opción discursiva sino de representación política de un notable giro cultural en las clases medias tradicionales, con efecto en sectores populares. De una tolerancia y hasta simpatía hacia la igualdad hace 15 años, la opinión pública construida en torno a las clases medias tradicionales ha ido girando hacia posiciones cada vez más intolerantes y antidemocráticas ancladas en el miedo. Las fronteras de lo decible públicamente han mutado y el soterrado desprecio por lo popular de años atrás ha sido sustituido por un desembozado racismo y antiigualitarismo convertidos en valores públicos.

La melancolía por un antiguo orden social abandonado y el miedo a perder grandes o pequeños privilegios de clase o de casta ante la avalancha plebeya han arrojado a estas clases medias a abrazar salvacionismos político-religiosos que prometen restablecer la autoridad patriarcal en la familia, la inmutabilidad de las jerarquías de estirpe en la sociedad y el mando de la propiedad privada en la economía ante un mundo incierto que ha extraviado su destino. Es un tiempo de politización reaccionaria, fascistoide, de sectores tradicionales de la clase media

Y, finalmente, en quinto lugar, el nuevo progresismo afronta no solo las consecuencias sociales del “gran encierro” planetario que en 2020 desplomó la economía mundial sino, en medio de ello, el agotamiento de las reformas progresistas de primera generación.

Esto conlleva una situación paradojal de unos liderazgos progresistas para una gestión de rutina en tiempos de crisis económicas, médicas y sociales extraordinarias.

Pero, además, globalmente se está en momentos de horizontes minimalistas o estancados: ni el neoliberalismo en su versión autoritaria logra superar sus contradicciones para irradiarse nuevamente, ni los diversos progresismos logran consolidarse hegemónicamente. Esto hace prever, un tiempo caótico de victorias y derrotas temporales de cada una de estas u otras opciones. Sin embargo, la sociedad no puede vivir indefinidamente en la indefinición de horizontes predictivos duraderos. Más pronto que tarde, de una u otra manera, las sociedades apostarán por una salida, la que sea. Y para que el porvenir no sea el desastre o un oscurantismo planetario, con clases medias rezando por “orden” a la puerta de los cuarteles como en Bolivia, el progresismo debe apostar a producir un nuevo programa de reformas de segunda generación que, articuladas en torno a la ampliación de la igualdad y la democratización de la riqueza, propugne una nueva matriz productiva para el crecimiento y bienestar económicos. Pero, además, con ello, ayudar a impulsar un nuevo momento histórico de reforma moral e intelectual de lo nacional-popular, de hegemonía cultural y movilización colectiva, hoy ausente, sin lo cual es imposible imaginar triunfos políticos duraderos.

(*) Fragmentos del discurso pronunciado por el autor en la Universidad Nacional de La Rioja, Argentina, al recibir el título de Doctor Honoris Causa; 5 de noviembre de 2021.

 (*)Álvaro García L. es matemático, con estudios en sociología (*)

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