Tuesday 23 Apr 2024 | Actualizado a 17:47 PM

Es un antes y un después de Guardiola

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 25 de mayo de 2023 / 23:10

Ya hay un antes y un después de Guardiola en la dirección técnica, le digo a un colega colombiano.

-¿Tanto así…? ¿No es mucho…?-, me responde. -¿Y Ancelotti…?- agrega.

Ancelotti es un excelente conductor de grupos, también Klopp, Tuchel, Simeone, Xavi, Scaloni son buenos. Y tantos otros.

El tema no va de títulos, que Guardiola tiene el doble de casi todos, va de ser revolucionario. Rinus Michels, para muchos entendidos, incluso France Football, The Times y otras publicaciones es el mejor entrenador de la historia.

Y nunca fue campeón del mundo ni de Champions. No le hizo falta, dejó un legado que cambió la forma de entender el juego, de practicarlo. Lo mejoró. Hasta él, el fútbol era posicional, a la antigua, el lateral jugaba de lateral, el 9 de 9, nadie salía de su zona, se marcaba poco y todo era más o menos como se había inventado ochenta años antes.

A partir de Michels nacieron una serie de conceptos desconocidos como la dinámica continuada, la rotación constante, el todos juegan de todo, la presión, la tenencia de pelota, el adelantamiento para dejar fuera de juego al rival. Y, en el proceso de intentar entenderlo, los rivales recibían cuatro y cinco goles. Fue denominado “fútbol total”. Este deporte cambió para siempre a partir del amsterdamés.

Es cierto, al llegar al Ajax, Michels se encontró con un chico de 18 años muy bueno, de apellido Cruyff, y con Piet Keizer y Win Suurbier, pero los demás eran NN. El Ajax era un equipo semiamateur y con Michels inició su transformación. El Ajax llegaría a dominar Europa y Holanda surgiría como una potencia mundial.

A nadie se le ocurrió decir “seguro… con los millones del Ajax hasta mi abuela sale campeón”, o “con Cruyff yo también gano”, o “por qué no lo hace con el Getafe…” En la tabla de los DT más ganadores, Michels marcha en el tercer pelotón, no figura ni entre los veinte primeros, en cambio al enunciarse a los genios del juego, peleará siempre el primer puesto.

Cuarenta años antes que Rinus hubo otro innovador, el inglés Herbert Chapman, conocido como El padre de la táctica, creador de la llamada WM, pues presentaba cuatro líneas: 3-2-2-3 y eso formaba las dos letras.

Previo a Chapman imperaba el llamado “sistema clásico” o 2-3-5. Chapman sorprendió y el Arsenal, su equipo, ganó cinco ligas consecutivas en Inglaterra. Luego, como sucede siempre, los demás adoptaron su fórmula y otros se atrevieron a probar nuevas.

A los 33 títulos que acumula como técnico, Guardiola puede sumarle dos más en los próximos veinte días: la Copa Inglesa y la Champions. No obstante, no agregarán nada a su dimensión de sabio.

La deslumbrante y arrolladora victoria de su Manchester City sobre el Real Madrid por 4-0 en la semifinal de Europa, puso de nuevo en el centro de la consideración al estratega (nunca tan justa la palabra) oriundo de Cataluña. Fue tal la superioridad que el Madrid parecía un equipo liliputiense tapado por la sombra de un gigante. Nunca le permitió siquiera intentar una reacción seria. Borró a Vinicius, a Benzema, a Modric, a las posibles válvulas generadoras de juego. Lo destrozó con ese juego aterciopelado de pases y toques infinitos. Fue 4-0 porque Courtois y la Providencia son madridistas. Era para 6 ó 7.

El Chiringuito, los diarios Marca y AS, la Cadena SER, toda la industria madridista logró instalar la idea de que el de Guardiola es “el fulbito”, o sea el de pasesitos sin sentido, sin verticalidad, el fútbol ingenuo, que aburre, pero los equipos de Pep son los más ganadores y goleadores de que se tenga registro. ¡Y vaya si divierten…! Un fútbol de seda que enloquece a los rivales.

Nunca olvidemos que Guardiola es una bandera del Barcelona; para minimizarlo, esa misma prensa fabricó de Pep la imagen de que gana porque dirige equipos millonarios, que le compran todos los cracks y que es un técnico de entrecasa que suma ligas, pero no Champions.

Al mismo tiempo, según esa misma corriente, los mejores jugadores del mundo son los del Madrid: Vinicius es ahora mismo superior a Messi, Haaland y Mbappé, Benzema es el merecido Balón de Oro, Modric un fenómeno y también Balón de Oro, Militão, Rudiger y Alaba los mejores centrales del momento, Courtois el número uno entre los número uno… Que en gran medida es cierto, son fantásticos futbolistas todos ellos. Pero luego, tras semejante demostración de juego del Manchester City aplastando al Madrid (en Champions), bailándolo, declamaron: “Claro, con todas sus estrellas ¿cómo no va a ganar…?”, “No se puede competir contra un club-Estado”, “Nadie tiene el poder económico de los árabes…”

Preguntamos: ¿Stones es una estrella…? ¿Akanji es una estrella…? ¿Walker, Ruben Dias, Gundogan, Rodri, Bernardo Silva, Foden, Julián Álvarez son estrellas…? Nadie hablaba de ellos antes de llegar al City. Podemos dar el rótulo de galácticos a De Bruyne y Haaland, de acuerdo, el resto son buenos o muy buenos futbolistas que estaban al alcance de cualquiera de los clubes poderosos de Europa. Y De Bruyne se hizo galáctico allí, en Mánchester.

Ya que hablamos de poder económico: la última oferta del Madrid por Mbappé fue de 220 millones de euros. ¡Eso es tener billetera…! No lo fichó porque Kylian prefirió seguir en el Paris Saint Germain. Mientras el Madrid insistía por él ante el PSG, el City se llevó a Haaland por 60. Con aquellos 220 el Madrid se compraba cuatro Haalands, simplemente no lo supo ver, el City sí. Guardiola pagó 50 millones por Bernardo Silva, Tchouameni le costó 80 a Florentino Pérez. ¿Quién es el más rico de los dos…?

Millones aparte: si el miércoles jugaban los mismos veintidós, pero cambiábamos los técnicos, ¿cómo terminaba el partido…? Posiblemente ganaba 4 a 0 el Madrid. El factor desequilibrante es Pep, su método, su idea, indescifrable para los técnicos rivales. Nunca nadie ejerció tanta influencia en el juego, sobre todo en los tiempos modernos, donde siempre hemos escuchado que “ya está todo inventado”. Pero él sigue inventando.

Puesto por puesto, el Madrid supera en calidad al City, el City lo aplasta en juego de conjunto. Desde luego que Pep necesita buenos intérpretes para concretar su idea, esto es fútbol no futbolín, no son muñequitos manejados desde afuera. Todos necesitan buen material para llegar al éxito. Pero, atención, en esta temporada el City fichó por 150 millones y vendió por 186. Pasa que hay buen ojo.

“¿Por qué no hace lo mismo con el Almería…?”, preguntan en Twitter, esa fuente de sabiduría. Con la misma dotación que hoy tiene el Almería, lo optimizaría, en tres meses, una vez captada su idea, mejoraría notablemente su rendimiento y con un par de refuerzos empezaría a pelear puestos de copas europeas. Lo explicó Thierry Henry: “A mí me desprogramó y me reprogramó”. Y agregó: “Aprendí a jugar de nuevo a los 30 años. Después de lo que había conseguido al nivel del Arsenal, Mónaco, Juventus e internacional, vi y entendí el juego de una manera diferente. Entendiendo el espacio, quedarse en tu posición, dar el 100% en todo, incluso cuando frenábamos para tomar agua tenías que volver corriendo. Cada pequeña cosa… su atención a los detalles, todo”.

Legiones esperan que alguna vez Guardiola salga aunque sea segundo, para desfogarse: “¿Viste…? te dije, es un tronco” Pero no se ilusionen…

(25/05/2023)

Fútbol modelo ’66

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 8 de julio de 2023 / 21:27

Era un fútbol de pases, sólo un jugador gambeteaba, había muy poca precisión en las maniobras, no era una costumbre salir jugando de atrás, se recurría en exceso al pelotazo, se defendía considerablemente menos que ahora, había grandes espacios para moverse y las estrellas que teníamos como tales en nuestro imaginario no lo fueron, al menos no en ese partido.

¿De qué estamos hablando…? De la final del Mundial ’66, que Inglaterra le ganó 4 a 2 a Alemania. La hermosura pasaba por otro lado, por la sencillez y la falta de especulación.

A lo largo de su vida, este cronista ha visto 15 Mundiales, 11 in situ y cuatro por televisión, el primero de ellos -Inglaterra 1966- en diferido; llegaba la película de cada partido dos días después y lo disfrutábamos con la misma fruición que en directo.

Desde México ’70, al aparecer el satélite, las transmisiones fueron en vivo. No es fácil recordar con detalles algo que sucedió hace 57 años, por ello nos hemos propuesto como meta periodística ver de nuevo las 15 finales, un ejercicio que derrumba muchos mitos.

Ya habíamos comenzado con Argentina 3 – Francia 3. A sólo tres meses de haberse disputado, ya teníamos otra impresión de cuando la vimos presencialmente el pasado 18 de diciembre.

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¿Cómo era aquel fútbol…? Muy diferente al actual, más elemental, sobre todo.

El viejo latiguillo de que antes era más lento pero más preciosista no es correcto. Cero fantasía. Había grandes zonas libres por dónde moverse, sin embargo no se veían prodigios con la pelota. Los jugadores carecían de la técnica individual de los actuales.

Un 9 como Benzema hubiese sido una deidad en ese tiempo, por su exquisita calidad. Y, al menos ese 30 de julio de 1966, no llovía, la pelota no pesaba dos kilos y nadie daba patadas. Simplemente, jugaban como jugaban. Y estamos refiriéndonos a Inglaterra y Alemania en una final del mundo. Hubo una sola entrada fuerte en los 120 minutos disputados: Höttges, lateral derecho del Werder Bremen, lo colgó a Alan Ball para que no se le escapara por la punta. De modo que la reciedumbre no puede ser enarbolada.

Ball, extremo del Blackpool de 21 años, fue la figura descollante de la tarde, encaraba en cada jugada y era valiente.

Sí había movilidad, no estaban atornillados en sus puestos. Nobby Stiles, Bobby Charlton, Alan Ball, el famoso punta alemán Uwe Seeler, eran modernos, se movían por toda la cancha. Los arqueros Banks y Tilkowski, cuando tapaban algún remate, sacaban dando un balonazo de cincuenta o sesenta metros, sin destino, pero bien lejos de su arco. Varios defensas también

Especialmente llamativo el caso de Schnellinger, muy reconocido entonces por ser del Milan de Italia. Fue una desilusión verlo. Cada vez que recibía una pelota le daba con todo al otro campo, no importa si había un compañero cerca o no.

La TV era en blanco y negro, con una sola cámara de costado, apenas se repetían los goles (una sola vez y sin cámara lenta). El narrador se limitaba a pronunciar los apellidos: “Charlton… Stiles… Moore…” Salvo algunas excepciones, no incurría en comentarios ni agregados.

No se incluía en la pantalla la placa con el cronómetro y el resultado, apenas mostraban un reloj cada quince minutos que marcaba que había pasado un cuarto de hora. No había bancos de suplentes porque no existían los cambios, quien quedaba fuera del once titular lo miraba desde la tribuna. Nadie fue amonestado ni expulsado, aún no se habían implementado las tarjetas rojas y amarillas.

Tampoco se señalaba tiempo añadido; exactamente al minuto 90 el árbitro dio por finalizado el duelo. Lo mismo con los dos suplementarios, ni un segundo de agregados. Hubo 96.924 espectadores en Wembley aquella tarde, pero no significó un aliento importante, apenas se escuchaban murmullos, Tampoco los goles se festejaban de manera tan alocada como ahora.

El club más feliz del mundo ese día fue el West Ham United, una especie de Argentinos Juniors en esa época. Fue el único que tuvo tres futbolistas en la final, ¡Y qué tres…!: Bobby Moore, el gran capitán, Geoffrey Hurst, autor de tres goles, y Martin Peters, quien marcó el cuarto. Inglaterra dominó la mayor parte del tiempo y fue muy justo ganador, tuvo mayores intenciones ofensivas.

Ganaba Alemania 1-0, lo dio vuelta la selección local y en el último minuto, muy a lo Alemania, Wolfgang Weber, zaguero centro, pescó un rebote en el área y puso el 2-2 que mandó el choque al alargue. Ningún jugador inglés se lamentó demasiado, sólo había que seguir un rato más.

El primer gol inglés resultó, como mínimo, curioso. Vino un centro desde la izquierda de Bobby Moore sobre el área de Alemania y Geoffrey Hurst, completamente solo, sin ningún zaguero rival ni a tres o cuatro metros, eligió un palo y mandó la pelota de cabeza a la red. insólitamente fácil.

Y en el minuto 11 del tiempo extra llegó el gol de la polémica, el célebre gol fantasma de Hurst. El centrodelantero del West Ham paró una bola en el área y con suma presteza remató arriba. El balón dio en el travesaño y picó sobre la línea, los futbolistas ingleses reclamaron gol y el réferi suizo Gottfried Dienst fue a consultar al línea soviético Tofik Bakhramov. Este dijo gol: 3 a 2. Los muchachos alemanes se quejaron, pero moderadamente. Con los años se agrandó el tema.

Nunca se aclaró si entró o no porque no había cámaras específicas de raya de gol, como hoy. Los más críticos aseguran que la pelota había ingresado en un 85%, pero no toda. Pasó que la pelota picó detrás del cuerpo de Tilkowski y este tapó la visión. Y en ese momento no había VAR. Honestamente, de haber estado en el lugar de Bakhramov también hubiésemos convalidado el gol.

En el minuto 120, con Alemania ya entregada, Hurst anotó el 4-2, a esa altura anecdótico porque ipso facto culminó el juego. El juez suizo Dienst tuvo una magnífica labor, riguroso, no equivocó fallos y no permitió que nadie quemara tiempo o entrara en roces. Tampoco hizo demasiada falta, los protagonistas evidenciaron una corrección ejemplar.

Las actuaciones individuales fueron toda una sorpresa. El jugador más valioso, sin duda, Alan Ball, una suerte de Burrito Ortega, desequilibrante en el uno contra uno, comprometido. Luego ubicamos a Nobby Stiles, todocampista, inteligente, anticipador, robó cantidad de balones. Tenía la llave de toda Inglaterra, era el dueño de esa selección. Inmediatamente está Willi Schulz, notable zaguero del Hamburgo con una asombrosa entrega de balón.

Nunca parecía apremiado y resolvía con seguridad y simpleza. En cuarto lugar estaría Uwe Seeler, un volante-delantero que bajaba mucho y colaboraba en la creación de maniobras. Quinto, Gordon Banks, fantástico arquero que conjuró tres situaciones nítidas de gol. Enseguida, Bobby Moore, un central limpísimo y eficiente; Jackie Charlton, su compañero de zaga, un defensa bravo, fuerte, con carácter; Overath, un 5 de clase, tipo Fernando Redondo, con una zurda pulcra.

¿Y Bobby Charlton…? ¿Y Beckenbauer…? No brillaron. Franz fue intrascendente, no se notó para nada, ni siquiera su manejo de pelota. Jugó de volante central. Charlton entró más en juego, se implicó, no obstante, no destacó. Todos los jugadores, salvo Jackie Charlton, La Jirafa, eran bastante bajos de estatura. Al lado de todos ellos, George Best, de la misma época, era un dios futbolero, lleno de magia, habilidad y gol. Era, sin duda, muy superior a los 22 que jugaron esa final.

 Fue un maravilloso viaje al ayer y, con todo, el duelo tuvo su atractivo. Todas las épocas del fútbol fueron hermosas.

(08/07/2023)

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Hoy, un bueno sale cien millones

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 2 de julio de 2023 / 23:12

Dos ingleses, Declan Rice y Jude Bellingham, encabezan de momento la lista de fichajes galácticos del mercado de pases de verano en Europa.

Que promete ser el más espectacular de la historia, por número de transferencias y por volumen de dinero.

Rice sólo deberá recorrer 17 minutos entre Stratford y Holloway, dos barrios londinenses. El Arsenal le paga al West Ham 117 millones de libras (más 5 en variables) para que el volante de 24 años haga la mudanza y se ponga su camiseta.

Es el pase más costoso hasta el momento. ¿Es un fenómeno Rice…? No, es un buen 8, con ida y vuelta, criterio para distribuir, con pase seguro, especialista en robar balones, sobresale por carácter y liderazgo, era el capitán del West Ham.

No hay fantasía en él, sí ponderable aptitud para el combate, como en todo futbolista inglés. Ya no se necesita ser Maradona o Messi, hoy todo buen jugador puede costar cien millones.

Bellingham, 19 años, fue del Borussia Dortmund al Real Madrid por 103 + 31 millones. Los 31 son por objetivos. Ejemplo: si gana la liga, 5 millones más, si levantan la Champions 10 más, si marca equis goles otro tanto, al cumplir 100 partidos un bono más. Cláusulas que pone el vendedor para obtener un lucro adicional y que el comprador acepta, porque si el jugador consigue tales logros valdrá la pena pagar.

Jude es un volante que destacó en el Mundial de Qatar, un mediapunta hábil, veloz e inteligente que rompe líneas, justamente lo más codiciado del fútbol en toda su existencia: el atrevido, el que tiene uno contra uno, o sea gambeta hacia adelante, o bien el creativo que con un pase genera la situación de gol.

En un fútbol donde los sistemas defensivos muestran tanta evolución y en el que defienden los once, el que logra quebrar una defensa es una piedra preciosa. Buen ejemplo es Luis Díaz. Pasó del Porto al Liverpool en 47 M€, destacó allí y ahora está cotizado en 75 pese a haber parado seis meses en la enfermería por una lesión de rodilla. Lucho encara y pasa, y eso se paga bien. 

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El recato que impuso la pandemia quedó definitivamente atrás, ahora todos salen de compras. La inmensa mayoría de los clubes europeos tienen alto poder económico. Se genera muchísimo dinero por taquillas (el Inter recaudó 12 millones de euros en su partido como local ante el Milan por semifinales de Champions), por patrocinios, mercadeo, cuotas sociales los que son sociedades civiles, y por premios en las competencias.

La UEFA paga 15,64 millones sólo por participar en la Liga de Campeones, más 2,8 M€ por cada victoria además de las recompensas por ir avanzando de fase, más el coeficiente, más el proporcional de la televisión. El Arsenal amortiza el fichaje de Rice sólo con lo que perciba por haber entrado en Champions. Y los clubes que no pertenecen a sus socios tienen detrás grandes empresas o ultramillonarios, como sucede con casi todos los ingleses, alemanes, franceses, italianos, españoles, portugueses, griegos, turcos.

Si hubiese más cracks disponibles, más transferencias se darían. Hay un supergoleador para contratar -Erling Haaland, pero el City no lo suelta, y le duplica el salario si es necesario con tal de retenerlo. Por ello las renovaciones se han convertido en el punto más álgido de las direcciones deportivas.

El de Mbappé es un caso testigo. Es la perla más codiciada de las que pueden conseguirse, tres Declan Rice juntos. A Kylian le queda un año de contrato con el Paris Saint Germain, hasta el 30 de junio de 2024 y otro más, opcional a su favor. Él no ha dicho “me quiero ir”. Simplemente manifestó que no tomaría la opción para el 2024-2025.

Esto desató un terremoto en París y en Catar porque entonces al PSG le quedan dos caminos: o lo utiliza un año más y luego el goleador queda libre o sale a venderlo ahora mismo y consigue recuperar los 180 M€ que pagó por él al Mónaco en junio de 2017. O incluso más, porque Kiki se valorizó. El Madrid pagaría con gusto 220. Y el Liverpool, se rumorea, haría una infartante oferta de 300.

Pese a ganar el triplete (Liga, Copa y Champions) y pese a pagarle un sueldazo, el City perdió a su capitán Ilkay Gundogan, quien no aceptó renovar y se fue al Barcelona. Porque se va con su carta-pase. Esto le permite negociar un contrato mejor y, además, acceder a la nueva estrellita de los traspasos: la prima de fichaje.

Como el Barça no debe abonarle nada al City, le da al jugador una recompensa adicional para que se decida por el club catalán. En este caso rondaría los 30 millones de euros. Y ahora también están pidiendo prima de fichaje los que renuevan y siguen en su mismo club. La cobró Mbappé al prolongar su vínculo con el PSG.

El fútbol está inflacionado y en un nivel de popularidad jamás visto. Hay más torneos y se agrandan los que ya estaban, la TV emite hasta los partidos de Primera “D”, las empresas se vuelcan sobre la actividad y el crecimiento exponencial del fútbol femenino le ha duplicado la clientela. Sólo basta una foto de las tribunas, se ven casi tantas mujeres como hombres. De modo que hay cientos de millones de consumidores más. El fútbol da visibilidad y prestigio.

Roman Abramovich era un potentado de lista Forbes, pero ni su tía sabía de su existencia hasta que se compró el Chelsea, que pasó a ser su juguete favorito. En su palco recibió a reyes, presidentes, líderes, empresarios, famosos, y en su despacho se sentaron a tironear contrato Didier Drogba, Frank Lampard, Carlo Ancelotti… Además le resultó un negocio pingüe: lo adquirió por 162 millones de dólares y lo vendió por 5.312.

La inflación en los precios se debe a diversos factores. La riqueza de los clubes o de sus dueños, el fenómeno de la televisación y los patrocinios, el mercadeo y también a que hay muchos nuevos mercados ávidos de cracks. Los últimos, Arabia Saudita y la MLS norteamericana. Cristiano Ronaldo fue el pionero en llegar al reino saudita, cobrando 200 millones de euros anuales, ahora lo siguen en manada porque los emolumentos que ofrecen son estratosféricos.

Karim Benzema (36 años en diciembre) firmó por 3 temporadas con el Al Ittihad de Arabia Saudita. Entre salario y acuerdos comerciales cobrará 196 millones de euros al año, 588 M€ en total. ¿Cómo un futbolista, artista o profesional de lo que fuera rechazaría semejante propuesta…?

También hay nuevos jugadores en la mesa: el Newcastle es uno de ellos. El 7 de octubre de 2021 es una fecha histórica para el club blanquinegro. Miles de hinchas se autoconvocaron en la sede y cantaron como si hubiesen ganado un título. Ese día se oficializó la compra del equipo por parte del príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, el hombre más rico del mundo.

La propuesta es llevarlo a la cima. Primero lo salvó del descenso, ahora clasificó a Champions. El nuevo Newcastle quiere que el Big Six (Manchester United, Liverpool, Arsenal, Chelsea, Tottenham y Manchester City) pase a ser un núcleo de siete grandes. Ya no luchará por salvar la categoría, eso seguro.

Lo que se precisan son estrellas. Por eso la liga de Estados Unidos se lanzó de un rascacielos por Lionel Messi. Tratándose del mejor jugador de la historia, pese a sus 36 años, había que idear una ingeniería financiera.

Messi cobrará formalmente 50 millones de euros anuales de sueldo, pero será socio de Adidas en las ventas de camisetas, se llevará un porcentaje de Apple en la televisación de los partidos y podrá acceder a comprar un club estadounidense al final de su carrera.

La pregunta es cuánto costarían hoy, con 22 años, el mismo Messi, Maradona o Pelé…

(02/07/2023)

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Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 25 de junio de 2023 / 23:29

Un nene de tres años mira en el gigantesco televisor del living de su casa un partido de Argentina y la cámara enfoca a Lionel Messi en primer plano.

Pedro, así se llama, se sobresalta de la emoción, se para junto al televisor y, en su inocencia, cree que es un Messi real; le habla, lo toca en la pantalla, pero Messi justo se da vuelta y él se desespera, le grita, lo llama, le exige: “Mirame, Messi, mirame…” Lo quiere abrazar. Su amor por el 10 es absoluto dice el padre, que subió el video a Tik Tok y se hizo furor.

En una regata, en China, un timonel y 27 remeros -24 chicas y tres muchachos- compiten todos con la camiseta de Messi, la celeste y blanca con el número 10.

El pasado jueves 15, Argentina enfrentó a Australia en Beijing y 60.000 aficionados acudieron al Estadio De los Trabajadores con la casaca de Leo. Y el genio les cumplió: hizo un golazo al minuto y 19 segundos de juego. La cuenta de Instagram del Inter Miami, el que será su nuevo equipo, tenía hasta el 7 de junio a mediodía 1.700.000 seguidores, hoy suma 8.500.000. ¿Y aún no se ha anunciado oficialmente su fichaje…!

El sábado fue casi una fiesta nacional en Bangladesh: el ídolo cumplió 36 años y, según ellos mismos, el país entero ama a Messi. “Somos 170 millones de habitantes, todos adoramos a Messi”, dicen.

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Por eso ya mucha gente está presionando a la AFA para que acuda al país asiático a jugar un amistoso. Abel Völkner, gran amigo peruano radicado hace décadas en Alemania, cuenta: “Mi hijo es alemán, le gusta el fútbol, aunque básicamente es hincha de Messi.

Él tiene 24 años y ya vive sólo, pero durante el Mundial hizo una promesa: vendría a casa en cada partido de Argentina para que viéramos juntos a Leo. Después de perder el primer juego con Arabia Saudita estaba temeroso de que lo eliminaran, pero por suerte llegó a la final y así se mantuvo el rito, vino los siete partidos, se jugara el día que se jugara y a la hora que fuera”.

En todos los deportes, sea donde sea, en el vóley o en el tenis, aparece gente con la número 10 a rayas celestes y blancas. Estas manifestaciones se dan en todo el mundo. Sus portadores pueden ser árabes, finlandeses o congoleños, no hay barreras para este fenómeno que desborda cualquier entendimiento. Esto no pasó nunca, ni con Pelé ni con Maradona. Se los admiraba, eran universales, pero muy lejos de este apasionamiento. Tampoco en otros deportes ha sucedido.

Una encuesta de Euromericas Sport Marketing en alianza con Google en 65 países señala que al 86% de los encuestados les hace felices Messi y que un 72% lo tiene como ídolo, en tanto un 83% quisiera verlo en el partido que mirará por televisión. Estados Unidos, Inglaterra, Brasil, China, Bangladesh, Asia y África en general y, por supuesto, Argentina, son los países o regiones donde más adeptos tiene el 10. La encuesta fue publicada el 4 de diciembre último, cuando aún Messi no había levantado la Copa del Mundo. Luego de eso su popularidad se disparó a límites casi incomprensibles.

La mayoría de las personas responde que lo adora por su juego, naturalmente, pero sobre todo por su personalidad. “Me encanta su sencillez y humildad”… “Porque le pegan y no se queja, se levanta y sigue”… “Porque ama a los niños”… “Por su perfil bajo”… “Porque atiende a todo el mundo”… “porque hace una jugada bárbara, le da un gol servido a un compañero, este lo falla y él no se queja, no le dice nada, le pondrá otra pelota de gol”…

Obviamente lo veneran los hinchas de fútbol por sus sensacionales virtudes en el campo, pero por encima de ellos, Messi tiene una increíble conexión con las mujeres y con los niños. Éstos lo ven como un superhéroe, como el paradigma de la bondad, de la nobleza. Ellas, tal vez, por la fidelidad de Messi con Antonela, su amor desde los 13 años, y por el apego a sus hijos y a toda su familia.

“Mis hijos lo quieren a Messi más que a mí”, señala David Beckham, y se ríe. Finalmente, David se dio el gusto de convencerlo y llevárselo a Miami. “Messi es como un dios para los niños”, afirma el ex notable centrocampista holandés Frank Rijkaard. “Tuve que llevar a mi hijo de ocho años a Barcelona porque su sueño era ver un partido de Leo en vivo”.

Frank tiene el honor de haber hecho debutar en Primera División al de Rosario a los 17 años. Sin duda, Lionel es el futbolista más querido por sus colegas, que lo votan siempre mayoritariamente en la encuesta para el Balón de Oro. “En Barcelona, Leo me dejaba patear penales para que yo ganara la Bota de Oro. Llegábamos al arco, Él y Neymar tenían para definir y miraban de reojo a ver dónde estaba yo, para dármela y que gane la Bota de Oro. Eso yo lo valoro mucho”, evoca el uruguayo Luis Suárez.

“Messi no es un falso humilde. La sencillez no se puede fingir. Eso, esencialmente, más sus condiciones técnicas inhumanas, hacen admirable a Messi”, define Ricardo Vasconcellos, editor de Deportes de El Universo. “Todo lo opuesto a la arrogancia pública de CR7, que le sale hasta por los poros; o la sequedad de un tótem distante como LeBron James, para mencionar a dos nada más. O de la agresividad y malos modales de un tipo como Maradona, que podía tener un buen gesto y una hora después cometer una grosería espantosa.

Messi es genuinamente amable, cuidadoso de lo que dice y hace. No insulta, no maltrata, no se sobra. El día que más furioso se puso le dijo un insulto infantil a un holandés: bobo. Es un extraordinario futbolista, pero también es un deportista extraordinario, desde las implicaciones de conducta, respeto y observación de valores que esa palabra representa”.

Luis Sánchez, magnífico periodista peruano del Diario Las Américas, de Miami, informa que Estados Unidos y la península de la Florida en particular están revolucionados con la llegada del crack. “Aquí hay una expectativa bien, bien grande, yo nunca imaginé que me tocaría vivir esto, lo disfruto y tengo una ilusión enorme”, confiesa, como un aficionado más.

Como él, cientos de millones de personas verán ahora por TV los partidos de la liga norteamericana. “Llegó el momento y Messi es el impulso perfecto para ubicar a la MLS entre las mejores del mundo, este es un paso gigante”, aseguró Juan Pablo Reynal, presidente de Onside Entertainment y de The Women’s Cup.

Los ultras del Paris Saint Germain decidieron un día silbar a Messi en los partidos. Leo lo aceptó con seriedad, nunca hizo un gesto de fastidio. Lloró cuando el Barcelona le dio un inimaginable portazo en la cara. Pero no insultó a nadie y nunca dejó de demostrar su eterno amor por el Barça.

En 2016 renunció a la Selección Argentina cuando no podían ganar un título y muchos lo apuntaban a él: “Si el problema soy yo, me voy”, argumentó. Son las cosas que encumbran la dimensión humana por encima del futbolista y le dan esa idolatría que fanatiza. Sus mismos fans no saben explicar si aman más al jugador que a la persona. Posiblemente, lo segundo.

Antes de la final de Catar, en Brasil se preguntaban si debían hinchar para Francia, por la rivalidad con Argentina. La respuesta la dio Mauro Cezar Pereira, columnista brasileño de Uol.com.br: “Torcer contra Messi es torcer contra el fútbol, porque él es el fútbol mismo. Talento, liderazgo, generosidad, genialidad en la cancha al servicio no sólo de su equipo, sino también de nuestro deporte. A los 35 años sigue presentándonos recitales de baile. ¿Cómo estar en contra de este tipo? ¿Cómo apoyar su fracaso? ¿Cómo? ¿Cómo es esto posible…?”, preguntó.

Lionel apagó el sábado 36 velitas y nos inundó de nostalgia. ¿Cómo sentiremos el fútbol cuando ya no esté…? No queremos imaginarlo. Lo único que podemos pedir es que detengan el tiempo, que no cumpla más.

(25/06/2023)

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Trabajar para ser competitivos

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 18 de junio de 2023 / 23:10

“Me voy la mitad conforme, defensivamente no pudimos presionar tan arriba, pero nos faltó muchísimo en la tenencia de balón y es importante tenerla para poder respirar”. Gustavo Costas fue diplomático en la conferencia tras la derrota de Bolivia ante Ecuador. No puede tirar abajo la moral de la tropa ni de los hinchas, tampoco derribar la ilusión antes de comenzar la Eliminatoria.

Eso es hacia afuera. Para adentro no puede estar ni la mitad de conforme. El resultado es bastante decoroso (0-1 apenas). Fue muy pobre presentación. No era Francia ni Alemania el rival, era Ecuador. Que es el fútbol de mayor evolución en Sudamérica, de acuerdo, pero sigue siendo Ecuador.

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Consciente del discreto nivel individual de su plantel, Gustavo Costas no salió a jugar de tú a tú. Alistó una línea de cinco en el fondo (bien al fondo), dos mastines en la media cancha (Quiroga y Danny Bejarano) y dos creativos que no crearon y también estaban cerca de su área para colaborar (Ramiro Vaca y Miguel Terceros).

Y allá arriba, huérfano, peleando contra molinos de viento, Algarañaz contra tres, ¡y qué tres…! Félix Torres, William Pacho y Piero Hincapié, tres zagueros fenomenales.

Como ir a la guerra con una honda. Eso derivó en que Bolivia contabilizara en 96 minutos apenas un remate al arco, no muy fuerte y desde lejos, de Ramiro Vaca, que el arquero Moisés Ramírez echó al córner sin demasiada dificultad.

Famélico saldo para una selección nacional que competía contra un rival directo en la próxima clasificatoria.

Tal dispositivo defensivo de Bolivia llevó a Ecuador a gobernar el partido a voluntad, de principio a fin. Las estadísticas dimensionan el predominio: la TRI tuvo un 72% de posesión de balón. Abrumador. Dado que Bolivia no tenía planeado atacar, el análisis se centraba en los movimientos de Ecuador, sobre todo ofensivos.

Cómo rompería el vallado boliviano. Efectuó 16 remates al arco, de los cuales 4 fueron entre los tres palos, y uno resultó en gol. El dato habla de poca eficacia de disparo, caso contrario… Hubo muchas aproximaciones al área de Carlos Lampe, aunque el arquero de Bolívar no sufrió demasiadas situaciones de gol. Ecuador produce defensores y mediocampistas de alto nivel, pero no delanteros.

Es su gran déficit. Félix Sánchez, técnico catalán de Ecuador, dio la ventaja de dejar en el banco a Enner Valencia, el goleador histórico de su selección, para probar una vez más a Leonardo Campana, quien en 13 presentaciones nunca hizo gol. Pero luego entró Enner por Campana y enseguida marcó el gol que definió el partido.

No obstante la supremacía ecuatoriana, el gol llegó por un grueso error de Gabriel Villamil, el jugador con mayor proyección del fútbol boliviano. Intentó parar la bola, se le fue un poco larga, Carlos Gruezo reaccionó como un águila y se la robó; de su quite, Gonzalo Plata habilitó a Valencia y este ejecutó a Lampe.

Esa es la parte que pudo conformar a Costas: si no había error propio no había gol rival. Pero el fútbol tiene dos grandes facetas: ataque y defensa, en ese orden, puesto que el objetivo primario es ganar. Cuando un equipo no puede sostener tres segundos la pelota porque la pierde, cuando no puede hacer tres pases seguidos, cuando no logra crear una situación de gol, algo no funciona. Hubo una blandura desagradable. No alcanza solo con defender. Sería mínimamente deseable contener al rival veinte metros más arriba, en el centro del campo, para estar más cerca del arco rival cuando se recupera la pelota.

Pero para dividir la tenencia hacen faltan capacidades individuales, y a nivel individual pocos se salvan. Aunque es muy joven, se esperaba otra cosa de Miguel Terceros, muy liviano, lo mismo que Ramiro Vaca. Carlos Roca fue sustituido seguramente porque Costas advirtió que casi todo el volumen de llegadas de Ecuador venía por el sector izquierdo. A Roca le pasa lo mismo en The Strongest: su fuerte no es la marca y los entrenadores rivales estudian, ven videos. Por trajín, por esfuerzo, se salvan los dos Sagredo y los dos Bejarano, el resto no aprobó.

Este no es un problema de entrenador, Costas apenas había dirigido un puñado de entrenamientos y dos amistosos. Había mucha diferencia de niveles. De los quince jugadores utilizados por Ecuador, sólo dos actúan en su país, el arquero y un suplente. Del resto, 6 en Europa (y con suceso), 2 en México, 2 en Estados Unidos, 2 en Brasil y uno en Argentina. De los 17 que alineó Costas, quince militan en Bolivia, apenas Jairo Quinteros viene de la Segunda de España y Marcelo Martins está en Ecuador, donde no es titular fijo.

De ahora en más el objetivo primario debe estar claro: ser competitivos. Se necesitaría muchísimo laboratorio, mañana y tarde, de acá a septiembre, para lograr progresos de funcionamiento. El trabajo ayuda, permite crecer, disimula las menores potencialidades. Por ejemplo, pedir el predio de Ananta y ensayar, dado que la mayoría de los jugadores son de Bolívar y Strongest, están ahí. Y armar partidos ante equipos locales.

Jugar ayuda, aunque sea con rivales menores, permite asimilar conceptos, automatizar movimientos, conocerse entre compañeros. No esperar otra fecha FIFA porque no la hay. Pero esto es utópico: el calendario está ocupado y los clubes inmersos en sus torneos, no cederán a sus mejores jugadores. Lo inquietante es que frente a Chile, mañana, es el último ensayo antes de ir a Brasil a inaugurar el camino al Mundial.

“La gente se acuerda de la Eliminatoria del ’93 y piensa en Etcheverry, Platiní Sánchez, Baldivieso, Melgar, Ramiro Castillo y que teníamos un gran equipo, pero con esos mismos jugadores veníamos de salir últimos en nuestro grupo en la Copa América de Chile en 1991. ¿Qué hicimos…? Nos pusimos a trabajar, a trabajar y a trabajar. Solamente trabajando se pueden reducir las distancias con los que tienen más. Hicimos mil cosas para tratar de optimizar nuestro potencial, hay que pensar en todo”. La reflexión es de Guido Loayza, el almirante de aquella flota que finalmente desembarcó en el Mundial ’94.

(18/06/2023)

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El City se da la mano con la gloria

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 11 de junio de 2023 / 23:19

Ganó el mejor del torneo, no el mejor de la final. “That’s football”, “eso es el fútbol”, dice el irlandés en su no explicación que explica todo.

Así es el apasionante, caprichoso, ilógico y sorpresivo fútbol. El Manchester City corona 15 años de paciente búsqueda desde su virtual refundación en 2008: ganó el triplete, pero, sobre todo, la preciada tercera gema del más brillante collar que pueda lucirse: la Liga de Campeones, que sumada a la Premier League y a la Copa Inglesa componen la vitrina más fastuosa que pueda exhibir club alguno en la cuna de la pelota.

Sólo el Manchester United, su eterno rival, logró tal proeza, fue en 1999. Aunque para Pep Guardiola no es nuevo: en 2009 engarzó el sextete con el Barcelona.

Campeón invicto con 8 victorias y 5 empates, 32 goles a favor y apenas 5 en contra, los números le sonríen y lo proclaman un grandísimo monarca. La copa que se le había escapado por un pelo en 2021 a manos del Chelsea la bebió ahora.

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Sin estrellas, con buenos o muy buenos intérpretes, sin gastar cientos de millones más que sus rivales, dos rótulos que el periodismo madridista le ha inventado a Guardiola para intentar demeritarlo. Pero Pep es el mejor de la historia. Pasa que es catalán, eso molesta en la capital.

Es el número uno y vuelve a demostrarlo. Su equipo juega, tiene un estilo definido, un funcionamiento difícil de desentrañar para los rivales, que bajo el cielo de Turquía no brilló como acostumbra, pero supo hacer un gol y ganar. Es el título número 35 de Guardiola. Y puede seguir sumando, es joven, ama lo que hace, no se harta del éxito y tiene, entre tantas, la virtud de volver a motivar a su tropa después de ganar y ganar. Lo más difícil para mantener toda racha ganadora es conservar el hambre de triunfo, el ojo del tigre. Él lo logra con sus jugadores y con él mismo. Es insaciable. Sus detractores, que tiene millones, le piden que haga lo mismo con el Elche o el Numancia, je… son tan lindos.

Para los festivales que suele ofrecer el City fue un triunfo gris, olvidable, sin el traje de gala. Unito a cero apenas. Se notó el cansancio mental de sus jugadores, en 21 días disputaron virtualmente tres finales: ante el Chelsea para ganar el campeonato local, frente el United para levantar la Copa Inglesa y ahora contra el Inter.

El futbolista se recupera físicamente de una semana a la otra, la mente no. Volver a encender el ansia de victoria es como pedirle al soldado extenuado, mal comido y mal dormido que tome de nuevo su fusil y vuelva a la carga. Y era el partido número 60 del City en la temporada. Semejante esfuerzo desembocaba en un embudo de 21 días para definir las tres coronas.

El Inter, su vencido, vendió cara su piel, dejó el alma entera y se ganó las simpatías del mundo. Fue un bravísimo Inter, un oso que casi da cuenta del cazador. Si analizamos por las situaciones de gol, tuvo cuatro clarísimas contra dos del City en los 98 minutos que duró el juego. Y 14 remates para el cuadro italiano frente a 7 del inglés. Estuvo a milímetros de la hazaña, pero no pudo.

Lo sorprendió el Inter al City en el primer acto, nada extraordinario, con presión alta, donde empezaba el tejido a crochet del City. Le interrumpía la articulación del juego. Sin ninguna táctica revolucionaria, sí mucha concentración, firmeza, anticipo, encimar siempre al lanzador y al receptor. Viene del año ’30; antes le llamaban “apretar las marcas”. A ello se sumó la llamativa imprecisión en los pases del equipo Ciudadano.

En ese contexto, el City se pareció a quien se sube al auto apurado, gira la llave para dar arranque y el motor hace brrrrmmmm, brrrrmmmm, pero no enciende. No podía hacer andar el juego. Su juego, esa trama de pases precisos que le da dominio territorial y psicológico sobre el adversario hasta encontrar el hueco. Desconocido el City, ni cercano al conjunto arrollador campeón de la Premier, de la Cup y que aplastó al Bayern y al Madrid. La lesión de De Bruyne a los 35’ fue un golpe para los celestes. El belga es su jugador franquicia desde hace años, juega y hace jugar, crea peligro, convierte. Al Inter le vino bien.

En tal escenario, hubo algunas actuaciones notables en el cuadro nerazzurro como las de Dimarco, Barella, Bastoni y Acerbi. Los demás, atentos, enchufados todos. Pero no remató al arco el Inter en esos primeros 47 minutos. Y al once mancuniano no le sobró nada, apenas un zurdazo de Haaland con cierto picante que paró sin angustias Onana. No cambió el desarrollo, pero empezó a quebrarse el partido. Cuando el reloj marcaba 58’ se durmió Akanji en un balón largo y Lautaro Martínez le robó la billetera, se fue solo y remató al gol, aunque en posición muy oblicua y contuvo Ederson, empezando a ser figura determinante. Y a los 68 llegó el tanto que mete a Rodri en los libros de historia. Buena apertura de Akanji a Bernardo Silva por derecha, centro atrás y el madrileño, con clase magistral y precisión de cirujano, la clavó en la red. Rodri es hoy, por mucho, el mejor centrocampista del mundo, este golazo lo consagra.   

Ahí encontraron la paz el City, Guardiola, el proyecto de club, todos. Y al Inter no le quedó más que salir de la trinchera y arremeter a bayoneta limpia. Y fue arriba con fervor, con grandeza, convencido de que podía. Y acorraló al City. Se le negó el gol dos veces de forma tan increíble que cuesta entender como no entró la bola. El último cuarto de hora fue de una tensión de diez mil voltios, digno de una definición de Champions. Y en la tapada postrera de Ederson murió la chance interista. Triste, porque había hecho mucho y merecía, cuanto menos, el alargue.

La UEFA le dio la final al árbitro polaco Szimon Marciniak, el mismo del choque Argentina-Francia en Qatar. Significa que la FIFA lo vio sobresaliente en el Mundial. Y otra vez estuvo impecable, ningún fallo cuestionable. A su favor, los protagonistas se portaron bien.

Estambul, antes Constantinopla, antes Bizancio, ofreció su encanto milenario a decenas de miles de ingleses e italianos. Mostró su cara más moderna para recibirlos, a ellos y a la Champions. Y agradó, y cumplió. Fue una eficiente anfitriona, le echó un manto de olvido a los graves incidentes de París del año pasado, que a punto estuvieron de ser una tragedia. Bien.

Lo del City es una tarea de orfebrería de parte de sus dueños emiratíes. Desembarcaron el 1° de septiembre de 2008 en una entidad que contaba 11 descensos (incluso se fue a Tercera División, algo que no le pasó nunca a ninguno de los grandes clubes europeos). Se trazaron un plan a largo plazo.

Compraron el club en 250 millones de dólares y le inyectaron 1.000 millones de libras en infraestructura, jugadores y técnicos. Hoy vale 7.000 millones. En el medio ganaron 20 trofeos, entre ellos 7 Premier, 3 FA Cup, 6 Copa de la Liga, 3 Community Shield y ahora esta Champions. También lograron varios subcampeonatos. Siempre buscando la excelencia. Se expandieron y poseen otros once clubes con el sello City en cuatro continentes. Ahora venden más jugadores de los que compran. Fichar cracks es apenas una pequeña faceta de la organización City.

“Este el triunfo de un club que viene construyendo paso a paso desde hace años para llegar a esto. Y me toca hacer el gol de la victoria. Nunca lo imaginé. Me acuerdo de Fernandinho, Agüero, Kompany… de tantos jugadores que aportaron para conseguir esto”, expresó Rodrigo Hernández Cascante, el que mandó el derechazo a la gloria.

(11/06/2023)

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